El indómito perfeccionista

Como suele sucederme en mi ajetreada existencia diaria, me he enterado un poco tarde –de no haber sido así, alguna reseña habría hecho en el ‘Licencia para filmar’ de esta semana- de que hoy se cumplían tres lustros del fallecimiento del más indómito y perfeccionista cineasta que ha parido el Séptimo Arte: Stanley Kubrick.

Iconoclasta y purista a la vez, neoyorkino de nacimiento pero británico de adopción, fue cocinero -fotógrafo desde los dieciséis años en la revista Look- antes que fraile. Se ganó, no sin razón, una sobrada fama de frío, duro, manipulador e introvertido: legendarias son ya las historias –verídicas y documentadas- acerca de la rudeza con la que trataba con los actores, sometiéndoles a interminables repeticiones hasta de la escena más simple, así como de la precisión milimétrica con la que controlaba absolutamente todos los aspectos de la producción cinematográfica, desde cualquier nimio detalle del guion hasta la supervisión personal de las adaptaciones y doblajes a otros idiomas. Odiado, temido, admirado… como un genio renacentista, con la edad fue espaciando sus proyectos, dedicándole a cada uno años y años, preparándolos, estudiándolos a conciencia, tejiendo así una breve filmografía de apenas dieciséis títulos –tres cortos documentales y trece largometrajes- en poco menos de medio siglo de carrera. Pero qué filmografía. Exigente y autocrítico, su obsesión por el control era tal que llegó a destruir personalmente todas las copias de su ópera prima, Miedo y deseo (1953), porque no la encontraba suficientemente buena –años más tarde, ya en el siglo XXI, se encontraría una extraviada, que fue la que se restauró y ha llegado a nuestros días- ; y obligó a la Warner a retirar prematuramente La naranja mecánica (1971) de los cines británicos, tras una serie de brutales sucesos protagonizados por bandas juveniles que supuestamente se habían inspirado en las andanzas de los protagonistas del film.

kubrick_fotoRecuerdo estar en Madrid, en un centro comercial, aquel 7 de marzo de 1999, y pasar frente a un quiosco de prensa y tropezar, casi por casualidad, con el escueto titular de un diario que, en una pequeña columna en la primera página, anunciaba la desaparición del director de Lolita (1962) o Barry Lyndon (1975). Recuerdo también permanecer unos segundos en estado de shock, pues apenas unos días antes había leído que su último trabajo, Eyes Wide Shut (1999), ya había sido vista por el –aún unido- matrimonio Tom Cruise-Nicole Kidman, a la sazón protagonistas de la película, y que en breve se estrenaría en todo el mundo.

Y recordé cuando vi por primera vez 2001, una odisea del espacio (1968), una cinta hipnótica, compleja y a la vez fascinante; y cómo El resplandor (1980), que la descubrí siendo aún un crío, me pareció siempre apasionante y aterradora –porque, para mí, no hay nada más terrorífico que el miedo sin lógica ni explicación, ese que vivimos en nuestras peores pesadillas- ; y de cuanto me emocioné el día que descubrí Senderos de gloria (1957), tremendo alegato antibelicista henchido de implícita violencia que remueve conciencias y que hoy día los más obtusos la tacharían de subversiva; y de lo muchísimo que me gustaba –y me gusta- Espartaco (1960), una peli ‘de encargo’ pero que siempre me engancha cada vez que la reponen en TV; y de lo inteligentísima que siempre me pareció La chaqueta metálica (1987), una autopsia en toda regla sobre el sometimiento y la deshumanización de un soldado para convertirlo en la perfecta máquina de matar…

El beso del asesino (1955), Atraco perfecto (1956), ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (1964)… ya sé que muchos dirán que sus obras no eran perfectas, pero cada película con su firma era una auténtica lección, una clase magistral del arte y oficio de hacer cine. Pocos pueden presumir de una carrera tan rica y variada, tan trufada de momentos irrepetibles. Si todavía hay algún despistado, dos sinceras recomendaciones: la excelente biografía escrita por John Baxter -publicada en España por T&B Editores- y el documental Stanley Kubrick: Una vida en imágenes (Jan Harlan, 2001).

Nos dejó demasiado pronto, con apenas setenta años, y muchos proyectos en el tintero: abandonó su drama sobre el Holocausto, The Arian Papers, cuando supo que Steven Spielberg tenía entre manos La lista de Schindler (1993); estudió durante años el original literario de Brian Aldiss que se convertiría en A.I. Inteligencia Artificial (Steven Spielberg, 2001); pero, sobre todo, su proyecto quijotesco fue su retrato megalómano e imposible acerca de Napoleón Bonaparte, y del que sólo quedan cientos de apuntes, notas y libros apiladas en un almacén -como pudimos ver en el excelente documental Stanley Kubrick’s Boxes (Jon Ronson, 2008). Incluso su figura ha sido objeto, ya después de su fallecimiento, de no pocas controversias: fue protagonista involuntario de aquel mockumentary titulado Operación luna (William Karel, 2002), en el que se jugueteabakubrick-barrylyndon-1975 con la idea de que la misión Apolo XI no había sido sino una farsa, una estrategia orquestada por el gobierno de los EE.UU. en su carrera propagandística durante la Guerra Fría contra la Unión Soviética…

Ya han pasado quince años, pero sus películas resisten con estoicidad el paso del tiempo. Como el David de Miguel Ángel. Como los frescos de la Capilla Sixtina. Si existe el Paraíso ya puede ser perfecto; si no, seguro que Stanley Kubrick le habrá hecho repetir la toma varias veces al mismísimo Dios.

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