Rompiendo las reglas

Cris
Fotocromo promocional del corto (C) La Quimera En Corto 2014.

Como ya he comentado en otras ocasiones en este mismo blog, tengo la fortuna de conocer a no pocos amigos que, por algún azar que no alcanzo a comprender plenamente, se fían de mi criterio cinéfilo y me pasan de soslayo sus últimos cortometrajes, casi casi recién saliditos del horno, cuando aún no han sido lanzados públicamente o prácticamente acaban de comenzar su recorrido festivalero, para que les dé mi opinión. Esto, obviamente, me pone en una situación más embarazosa de lo que os pensáis, pues si bien es cierto que tengo la suerte de poder ver casi antes que nadie estas obras -así me pasó con Cuerdas (Pedro Solís, 2013), A veces viene (Félix Llorente, 2013) y Fired on call (Óscar Cavaller & Álvaro Moro, 2014)- , yo, que me siento como un invitado privilegiado a una fiesta exclusiva y privada, tiendo a ver más los aciertos que los errores, pues, conociendo personalmente a los responsables, sé del cariño, el entusiasmo, el talento y el tesón que han puesto a cada plano, a cada secuencia… aunque el resultado pueda no ser siempre completamente satisfactorio.

Digo todo esto -y para que veáis que mis opiniones son siempre sinceras y no me dejo sobornar- porque, que me perdonen los chicos de La Quimera En Corto, me he quedado un poco perplejo ante el visionado de su última pieza, El hombre de la habitación roja, cuyo rodaje visité hace algunos meses para escribir un pequeño reportaje para Cultura En Guada. Sin desvelar nada de la peli elhombredelahabitacionroja_cartel-presumiblemente porque harán el estreno oficial en la próxima 12MAC, siempre y cuando así lo estimen oportuno los organizadores- , tengo que reconocerle a este trabajo su planificación visual indómita, su atmósfera opresiva y angustiosa, el buen hacer de sus dos actrices -bien su prota, Cristina Eiriz, pero acertadamente turbadora Estefanía Navalmoral– y, sobre todo, su afán de querer hacer algo radicalmente diferente a la narrativa a la que nos tienen acostumbrados. Daniel Ramírez, de nuevo en la piel de director de orquesta, nos sumerge en un mundo de pesadilla kafkiana y surrealismo lynchiano, donde nada es lo que parece y todo puede ser o no irreal.

¿Dónde está el fallo, entonces? En su anterior La noche más larga (2013) ya habían jugueteado acertadamente con el género de terror y suspense, pero si en aquélla todo quedaba a merced de las alucinaciones o la bipolaridad de su protagonista, aquí decide personificar el mal en un villano de carne y hueso, cuya presencia no inquieta, conceptual y físicamente no funciona -esa máscara… esa respiración extrañamente familiar…- y, lo que es peor, podría llegar a producir la risa en el respetable… lo que sin duda rompería la atmósfera anteriormente descrita y que, hasta la aparición de dicho personaje en pantalla, todo funciona con bastante eficacia.

El resultado, acertado o no, quedará a criterio de los espectadores; y sí, admito que, aunque técnicamente es superior, este corto no me ha convencido tanto como otros anteriores -no dejéis de visitar su blog para verlos- . A pesar de todo ello, yo aplaudo el arrojo, la osadía y el empuje de los miembros de esta pequeña e imparable asociación cultural azudense que año a año -¡casi diría mes a mes!- no dejan de lanzarse a intentar cosas nuevas y poco habituales.

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