Matar a la gallina de los huevos de oro

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‘El Ministerio del Tiempo’, una de las mejores series nacionales, no sabe si tendrá 3ª temporada.

Espectadores, críticos y expertos coinciden en que ahora mismo la ficción catódica vive un momento dulce, gracias a una fuerte apuesta por contenidos y propuestas originales y valientes, unos niveles de producción envidiables y unos actores que, emulando a sus colegas americanos, intentan dar lo mejor de sí mismos conscientes de que la pequeña pantalla ya no es un exilio maldito, sino una oportunidad de oro para sus carreras profesionales… y, sin embargo, algunas de las series más potentes y aplaudidas ven seriamente peligrar su futuro, cuando no han sido ya directamente canceladas.

El pasado miércoles, 22 de junio, se emitía el último capítulo de la segunda temporada de ‘Vis a vis’ (Globomedia), apenas unos días después de que se anunciase que, contra pronóstico, no volvería para una 3ªT. Tan solo veinticuatro horas después, TVE comunicaba que la periodística-detectivesca ‘El Caso. Crónica de sucesos’ (Plano a Plano) no renovaría tras una única temporada, convirtiendo su potente cliffhanger en un cierre en falso. Y, todavía a día de hoy, está en el aire un esperado regreso de la muy popular ‘El Ministerio del Tiempo’ (Onza Partners/Cliffhanger). Hablamos de tres de las ficciones que más han dado que hablar positivamente en los últimos años, que han sabido adaptarse a los nuevos tiempos -generando múltiples contenidos transmedia que agrupaban a un buen número de fans- y que, como digo, han elevado notablemente los estándares de calidad de las series televisivas españolas. ¿Dónde reside el problema?

Seguramente en que, y esto es una apreciación mía, mientras que creadores y espectadores han sabido evolucionar a un nuevo concepto de televisión, los mandamases que tienen la última palabra siguen anclados en un sistema del siglo XX que se resume en una sola palabra: audiencias. Su mirada cortoplacista se limita a calcular cuánto les cuesta cada episodio dividido por el share obtenido en su emisión en parrilla, y si los números no les salen, a otra cosa, mariposa. Pero la tele de hoy día ya no es la de la familia Telerín, el ‘Un, dos, tres’, el 12-1 a Malta o la carta de ajuste: medir el impacto de un programa televisivo limitándose a un solo estudio demográfico es como deducir la dirección del viento chupándose un dedo. Las grandes cadenas siguen fiándose, única y exclusivamente, de los datos obtenidos por los famosos y míticos medidores de audiencias, unos chismes invisibles supuestamente instalados en un número determinado de aparatos per cápita y que, a estas alturas, ya son como el perro Ricky de la mermelada: todo el mundo ha oído hablar de ellos pero nadie los ha visto, y ya nadie cree que existan realmente.

IMG_20131008_113303La tele de hoy no es la de hace veinte años. Ni siquiera es la de hace cinco: cada vez son (somos) más los que, ante un prime-time demencial -con programas y series que empiezan casi a las once de la noche y se alargan hasta bien entrada la madrugada, y con engañosas pausas publicitarias que pueden llegar a los diez minutos aunque te digan que vuelven en seis- , optamos por la programación a la carta que, paradójicamente, nos brindan de manera gratuita las propias cadenas, pudiendo ver los contenidos deseados a cualquier hora y a través de todo tipo de dispositivos. ¿Por qué, sin embargo, parecen obviarse esos visionados? ¿Por qué no comprobar el feedback que se produce en redes sociales tipo Twitter, por ejemplo? Su obtusa percepción no les deja ver que ser trending topic quizá no genere ingresos inmediatos, pero genera una fidelidad impagable entre un público que, ahora, se siente decepcionado.

Menuda ironía: en plena era dorada de las series españolas del nuevo milenio, las propias televisiones están estrangulando y matando a sus gallinas de huevos de oro. Estos responsables son los que luego apuestan por series americanas que nadie ve, porque llegan con dos o más años de retraso y ya todo el mundo la conoce -recordemos el castañazo que se dio LaSexta con la emisión tardía de la primera ‘True Detective’- , y las terminan condenando a la contraprogramación de madrugada. Sigan así, señores: los creadores a los que ahora dan la espalda triunfarán en otros mercados, mientras que a ustedes se les va agotando el tiempo en su torre de marfil catódica, desde donde ya se divisa en el horizonte la extinción de la televisión generalista.

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