‘Las crónicas de Peter Sanchidrián’: Más allá del disparate

Foto: Teatro Pavón Kamikaze.

Después de tan solo tres semanas y media y diez funciones, el buque intergaláctico de Peter Sanchidrián ha despegado por última vez -aunque espero que regrese en un futuro próximo- desde el ambigú del madrileño Teatro Pavón Kamikaze en un viaje en el que pocos, muy pocos espectadores -alrededor de medio centenar por sesión, colgando día sí, día también, el “aforo completo” en la taquilla- nos hemos podido colar cual polizontes en el Axioma, la astronave que en la película ‘Wall·E’ (Andrew Stanton, 2008) llevaba a los perezosos humanos a un mundo mejor más allá de las estrellas dejando atrás a la decrépita Tierra.

Este es quizá uno de los más inmediatos referentes cinéfilos que se me vinieron a la cabeza durante los primeros minutos de un montaje  al principio sencillo, fresco y vibrante que  poco a poco se torna en un collage de historias imposibles (¿o no?) con trazas de ciencia-ficción delirante,  inagotable verborrea y un amplio ramillete de personajes verosímiles y a la vez estrafalarios, a quienes dan vida un sublime elenco de actores en estado de gracia desde el minuto uno –María Hervás, Antonia Paso, Cristóbal Suárez, José Juan Rodríguez, Juan Vinuesa y mi querida y admirada Laura Galán– en cualquiera de sus múltiples roles. Y así, entre científicos que resucitan a los muertos, clones de dudoso aspecto, garras de bestias malditas y trasuntos hispánicos de superhéroes arácnidos, Jose Padilla, a la sazón autor y director -o, como firma en la web, cuaderno de bitácora y sillón del capitán Kirk- de este fantástico caleidoscopio, logra provocar la carcajada constante entre el respetable mientras que, al mismo tiempo, nos bombardea con colosales zambombazos a todo un surtido de egos -y egocentrismos- de la especie humana. Así, una premiada doctora es capaz de anteponer una venganza por un corazón roto por encima de un gran descubrimiento que cambiaría para siempre el curso de la historia, una estrella y su antigua mentora se zarzan en un brutal combate psicológico -y a veces irracional- sin llegar a rozarse, una locura de amor puede convertirnos en un supervillano de tebeo -perdón, cómic- y la mejor de las intenciones es capaz de sacar lo peor de nosotros mismos hasta provocar el mismísimo fin del mundo.

Entre mowais y gremlins o discusiones sobre Marvel y DC, también Mary Shelley, Rodenberry, Tarantino, Monty Python y los ZAZ se dejan entrever en un bendito disparate colmado de situaciones esperpénticas y guiños pop ochenteros que hacen que la función vuele durante sus noventa minutos. Pero, más allá de todo eso, hay una inteligentísima crítica hacia una sociedad plagada de individuos aferrados al primero yo y después yo que hacen que reflexionemos y nos preguntemos -rumiando la obra durante horas después de acabada la función- si, visto este muestrario, merecemos ser salvados. Si Peter Sanchidrián recoge en su nave a lo mejor de la especie humana para que perdure en el espacio-tiempo más allá del apocalipsis planetario, que se pare en la próxima, que yo me bajo.

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