El mago de Oz

En algún lugar, más allá del arco iris…

Aunque algun@s de l@s que me seguís habitualmente me tenéis en (¿demasiada?) alta estima, debo confesaros que ni soy un dechado de virtudes cinéfilas ni me he visto/aprendido/estudiado muchos, muchísimos de los títulos clásicos que ha dado el Séptimo Arte en sus ya casi ciento veinte años de existencia. Que nadie se lleve las manos a la cabeza: hasta ayer no había visto una película tan icónica como es El mago de Oz (Victor Fleming, 1939). Y aunque debo decir que el film me ha gustado, y mucho, también debo ser honesto y deciros que, una de dos: o yo tengo la mirada muy sucia o la cinta esconde un mensaje subliminal y una moraleja de lo más conservadores. Me explico -¡cuidado! Puede haber ¡spoilers! en el siguiente párrafo- …

Todos conocemos, con mayor o menor detalle, este cuento popular americano escrito por Lyman Frank Baum y publicado por vez primera en el año 1900: un tornado traslada a la pequeña Dorothy a un remoto mundo fantástico, lleno de color y de seres extraordinarios, donde conocerá a venerables hadas, malvadas brujas, criaturas increíbles y un pintoresco genio que le ayudará a regresar a su Kansas natal. Ahora, vayamos por partes: la antipática Sra. Gulch pretende llevarse y sacrificar al pequeño Totó tras un incidente con el animal, y tiene una orden del sheriff que lo avala, y para evitar tal tropelía –legal, pero a todas luces injusta- , Dorothy se escapa de casa; al poco querrá regresar, pero será cuando el evento meteorológico la pille de lleno y le mande a un remoto confín. ¿Justicia divina por saltarse las leyes de los hombres? Duda número uno. Después, toda su odisea será encontrar al famoso mago: y entre tanto personaje fantasioso y sobrenatural, resultará que el susodicho brujo es un bluff. ¿Qué se nos quiere decir? ¿Que no es oro todo lo que reluce, que no nos dejemos embaucar por falsos profetas? Por último, cuando Dorothy regrese –o despierte– de su odisea, sólo repetirá una y otra vez: “Como en casa, no se está en ningún lado”. ¿Producto del cómodo aislacionismo en el que vivía la sociedad americana de entonces –hasta que pasó lo de Pearl Harbor- o moralina conformista dirigida a la clase trabajadora? “Sueña lsi quieres pero confórmate con lo que tienes”, parecen querer decirnos…

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Por el camino de baldosas amarillas…

Conste que El mago de Oz me ha gustado mucho, muchísimo: a punto de cumplirse setenta y cinco años desde su estreno, sigue conservando y transmitiendo vitalidad, optimismo y alegría incontenida y contagiosa, una gran fiesta de música y color con una gran puesta en escena de la mano del reputadísimo Fleming –que pocos meses después estrenaría otra obra inmortal: Lo que el viento se llevó (1939)- , que tuvo que hacerse cargo de una compleja y costosa producción y por la que otros realizadores ocuparon, siquiera fugazmente, la silla de director: Richard Thorpe, George Cuckor y King Vidor -sobre ésto y muchas más cosas, recomiendo una vez más el capítulo al respecto que Juan Tejero le dedica en su libro ¡Este rodaje es la guerra! (Segunda Parte): Sangre, sudor y lágrimas en el plató (T&B Editores, 2004)- . Igualmente inolvidables son todos los números musicales –destacando, por supuesto, la inmortal Over de rainbow, tema que se llevó un Oscar-  y las inolvidables caracterizaciones de Judy Garland –que, aun con diecisiete añitos, supo darle el toque inocente e infantil que requería su personaje- , Ray Bolger –sorprendente y alucinante trabajo de maquillaje para este Espantapájaros sin cerebro- , Jack Haley –el Hombre de Hojalata– , Bert Lahr –el León Cobarde, quizá el personaje algo más cargante de la cuadrilla- y Margaret Hamilton, sublime como mala de la función.

Quizá, por ponerle algún pero, hay un par de momentos en los que el ritmo parece decaer, y algunas situaciones se resuelven de manera excesivamente simple, casi naif –la manera de derrotar a la Malvada Bruja del Oeste, por poner un ejemplo- . Pero si Meliès puso los cimientos a la ciencia-ficción cinematográfica y, décadas después, King Kong (Ernest B. Schoedsack & Merian C. Cooper, 1933) reafirmaba el género, no hay duda de que El mago de Oz fue la confirmación definitiva de que el cine era el medio artístico idóneo donde dar vida a la fantasía y a la imaginación, con posibilidades técnicas y artísticas que sobrepasaban lo que la literatura o el teatro sólo habían logrado atisbar. Eso sin olvidar que su legado ha perdurado y se ha transmitido a lo largo de décadas, con homenajes y guiños más o menos velados en multitud de películas y relatos: desde Alicia en el País de las Maravillas (Clyde Geronimi, Wilfred Jackson & Hamilton Luske, 1951) –que Disney vislumbró como un maravilloso cruce entre el clásico de Fleming y la obra homónima de Lewis Carroll- hasta la contemporánea ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (Robert Zemeckis, 1988).

Como digo, El mago de Oz no será una obra perfecta, y algunos detalles habrán quedado ciertamente anticuados… pero, más allá de las interpretaciones políticas que le queramos o no buscar, tiene la virtud de seguir siendo un maravilloso y encantador cuento de hadas. Un clásico indiscutible.

Recomendado para cinéfilos soñadores.

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