Anatomía de un asesinato

Qué mal envejecen algunos (clásicos).

Probablemente más de un puritano dejará de leerme –si es que no lo ha hecho ya- en cuanto termine de leer las impresiones que a punto estoy de redactar sobre un –dicen- clásico indiscutible: Anatomía de un asesinato, firmada por Otto Preminger en 1959 y en cuyo reparto encontramos a James Stewart, Ben Gazzara, Lee Remick y George C. Scott entre otros.

La película sigue las andanzas de Paul Biegler –Stewart- , un prestigioso ex-fiscal que decide encabezar la defensa legal de un soldado acusado de asesinar a sangre fría a otro hombre que supuestamente había violado a su esposa –del soldado, no haya confusiones- . Un planteamiento, en líneas generales, bastante sencillo. Y en eso se queda la película: en algo simple, casi anecdótico, con una primera parte donde el letrado interroga a los testigos habituales –el acusado, la mujer ultrajada, el barman del local donde se produjo el crimen, etc.- y una segunda mitad donde se desarrolla el juicio con el ya clásico enfrentamiento entre las partes –“¡protesto, señoría!”, y cosas por el estilo, ya saben…- .

Hoy veo Anatomía de un asesinato y, muy a mi pesar, he de reconocer que la película no me ha enganchado lo más mínimo. Como suelo decir en estos casos, no es que la obra sea mala; es que, sencillamente, se ha quedado total y completamente anticuada. No dudo yo que en su día hablar tan abiertamente como se hace aquí de violaciones y otra serie de detalles ciertamente escabrosos no fuese algo insólito en la gran pantalla –empleando los personajes términos a veces ciertamente malsonantes y chabacanos, más propios de un dialecto barriobajero de hoy en día- , pero esa supuesta dureza en el mensaje se queda totalmente diluida con algunos momentos ilógicos y situaciones ciertamente irrisorias.

¿Por qué la mujer agredida –Remick- está de lo más pancha cuando relata al abogado la agresión sufrida? La verdad, no parece sufrir mucho… ¿Por qué esas risitas en el juzgado cuando se menciona cierta prenda íntima desaparecida del escenario del crimen? Ni que estuviéramos en una clase de infantil que se desmadra porque la seño ha dicho “bragas”… ¿Por qué cada vez que los abogados protestan en la sala lo hacen para esgrimir un chiste, una gracieta, un sainete? … no sé, igual resulta que me proponía ver un drama judicial y resulta que es una comedia chusca, precursora de los Agárralo como puedas y demás, pero no me dirán que el planteamiento descrito en el segundo párrafo no es de lo más dramático…

En fin, que el guión –y por ende, el film entero- está plagado de escenas inverosímiles, o mejor dicho, que no han sobrevivido al paso de los años y que, visto hoy en día, son de lo más ingenuas. Rescatemos, eso sí, una más que meritoria labor de un jovencísimo George C- Scott –que compone un personaje, este sí, verdaderamente creíble- , unos títulos de crédito antológicos -obra del prestigioso Saul Bass- y un par de fugaces momentos que sin duda inspiraron algunos notables clásicos contemporáneos del género.

Recomendado para cinéfilos complacientes.

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