Los tramposos

Un caramelito envenenado.

Durante los años de la posguerra y la dictadura franquista, no fueron pocos los directores españoles que intentaron llevar su cine un paso más allá del mero entretenimiento efímero para gozo y disfrute de una población empobrecida y culturalmente reprimida. Algunos no tuvieron más remedio que hacerlo desde el exilio –caso de Luis Buñuel, firmando obras maestras allende los mares o los Pirineos- ; otros, decididamente osados, buscaban resquicios por donde sortear a la voraz y omnipresente censura, con películas aparentemente ligeras pero que, en realidad, escondían feroces críticas a un sistema social y político desigual e intolerante.

No recordaba yo, de esta guisa, a Los tramposos, filmada en 1959 bajo la dirección de Pedro Lazaga; un film que habré visto en multitud de ocasiones en formato doméstico en casa de mis abuelos y que, aunque hacía más de veinte años que no le echaba el ojo, permanecía en mi memoria como una comedia simpática, bienintencionada y jocosa, en la que dos golfos de poca monta –Tony Leblanc y Antonio Ozores– tiraban como podían a base de pequeños hurtos e ingeniosos timos y estafas a cuantos primos, sobre todo si eran de clase media o media-alta, les salían al paso. Hasta que un día, aguijoneados por la voz de la conciencia que encarnaba Conchita Velasco, deciden volverse honrados montando una escuchimizada agencia de viajes con la que llevar a los turistas extranjeros a ver lo más typical spanish de Madrid y alrededores…

los-trampososPero he aquí que, como digo, en estos días he tenido la oportunidad de volver a verla. Al principio, más como un ejercicio de nostálgica curiosidad; luego, en un segundo y más detenido visionado, ante la sospecha de que Los tramposos esconde una insólita y mordaz carga de satírica mala baba por debajo de ese envoltorio de gracieta cómica al servicio de sus, por otra parte, espléndidos actores. Y para argumentar esto, me veo en la obligación de destripar el final de la película –así que si no deseas leer ¡spoilers!, más vale que te saltes el final de este párrafo- : resulta que, cuando nuestros campechanos protagonistas triunfan, contra todo pronóstico, con su pequeño negociete de tours interurbanos, resulta que el mandamás de una colosal megaempresa del sector les ofrece un goloso puesto directivo en su organización. Ellos, creyendo tocar el techo del mundo y soñando con trajes caros y lujosos coches, acceden sin saber que el rockefeller de turno se limitará a bonificarles con un humilde sueldo y unos minúsculos utilitarios, que finalmente aceptarán de buen grado y con una espléndida sonrisa en el rostro. Ante este panorama, ¿cuál es en realidad la moraleja de esta historia? Después de darle no pocas vueltas, me da la impresión de que, tras ese mensaje aparentemente conformista y en la línea de lo que el régimen pregonaba –“sé un trabajador honrado y conténtate con lo que tienes”– , en realidad hay otro subtexto menos complaciente y más irónico: ya puedes pelear honestamente en esta vida, que los pobres seguirán siendo pobres y los ricos, ricos, que no hay David que venza a Goliath, que la sociedad está estructurada así y nadie, mucho menos dos muertos de hambre, la van a cambiar…

Para quienes aún no la hayan visto, pero sobre todo para quienes la recuerden simplemente como una comedia de pillos construida a base de memorables secuencias en una capital ya casi irreconocible, subrayo la recomendación de este indiscutible clásico del siglo XX. Quizá Los tramposos no tenga la magnitud ni la aspereza ni el reconocimiento de otras como ¡Bienvenido, Mister Marshall! (Luis García Berlanga, 1953), Calle Mayor (Juan Antonio Bardem, 1956), Viridiana (Luis Buñuel, 1961) o El verdugo (Luis García Berlanga, 1963); pero no se puede negar que Lazaga, aun con sus carencias y limitaciones, supo también regalarnos una obra crítica, maravillosa e inolvidable.

Recomendado para cinéfilos inspirados.

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