Los cañones de Navarone

Irregular, pero imprescindible.

Una vez superadas las penurias de la II Guerra Mundial –un conflicto del que los estadounidenses salieron claramente reforzados, ya que su crucial intervención en Europa y el Pacífico fue vital para inclinar la balanza del lado Aliado y erigirles como indiscutibles líderes del nuevo orden mundial- , no fueron pocos los escritores que encontraron en diferentes episodios bélicos todo un filón para sus obras literarias, que siempre anduvieron entre la narrativa épica y la pura y dura propaganda pro-americana. Por supuesto, Hollywood, que siempre ha tenido en el negro sobre blanco toda una cosecha de historias y dramas que llevar a la gran pantalla, no tardó en ponerse a la zaga, y, frente al cine negro que reflejaba lo más oscuro, vil y tenebroso de una sociedad algo desencantada, majors como Columbia, Metro-Goldwin-Mayer o Twentieth Century Fox pusieron a grandes productores y lujosísimos repartos en grandiosas superproducciones en Cinemascope y a todo color.

De entre mediados de los años cincuenta y comienzos-mediados de los setenta –donde el género poco a poco fue abandonando el marco de la IIGM para que una oleada de nuevos directores empezara a interesarse, y no siempre de manera complaciente, en el muy discutido conflicto en Vietnam- surgieron una serie de títulos inolvidables, cuya veracidad u objetividad histórica a veces podría ser más que dudosa, pero con una calidad narrativa y unos niveles de producción ejemplares. Y de entre todas, yo me quedaría sin lugar a dudas con tres títulos indispensables: El puente sobre el río Kwai (David Lean, 1957), Los cañones de Navarone (J. Lee Thompson, 1961) y La gran evasión (John Sturges, 1963). Hoy le dedicaré unas líneas a la segunda de ellas -basada en una obra literaria de Alistair MacLean- , y no porque la considere la mejor; más bien al contrario, creo que es, siendo un gran film, la más floja de las tres. ¿Y eso por qué?

Como hemos apuntado hace un momento, nos encontramos en una época en la que, curiosamente, las grandes películas las firmaban los productores –y no los directores, salvo que éstos llevaran el peso de ambas tareas- , y así no era raro que, sobre el título, apareciera la leyenda “a (David O. Selznick/Sam Spiegel/Carl Foreman/Mervyn Leroy/Sam Zimbalist/etc.) production” -elijan el nombre que más les apetezca- . Por ello, y salvo puntuales excepciones, el director era, por emplear un símil militar, un capitán bajo el mando y supervisión de un almirante. Y J. Lee Thompson –que más tarde rodaría títulos emblemáticos como El cabo del terror (1962), Tarás Bulba (1962), El oro de Mackenna (1969) e incluso dos títulos de la saga de El planeta de los simios (1972-1973)- no era, por aquél entonces, sino poco más que un recién llegado a la Meca, con alguna experiencia en el cine de guerra y aventuras –La India en llamas (1959)- y una serie de títulos en su Gran Bretaña natal que han quedado en el olvido.

Esta, llamémosle entre comillas, “inexperiencia” en Hollywood –insisto, éste era su decimoquinto trabajo como realizador- es lo que quizá lastra a la película: para empezar, el metraje es excesivamente largo –todas lo eran por aquél entonces- , pero cae en demasiados tiempos muertos, lo que da como consecuencia un ritmo narrativo irregular; la historia arranca demasiado en comenzar –para ser una peli de guerra, y salvo por el pequeño enfrentamiento con la barcaza alemana, realmente no empieza la acción hasta casi transcurrida una hora de proyección- ; y los protagonistas, brillantes estrellas del celuloide de la época, encarnan unos roled sin demasiado gancho y un tanto anodinos –tanto Gregory Peck como David Niven y su sempiterno bigotillo parecen hacer de sí mismos; Anthony Quinn levanta un poco el elenco, aunque por momentos parece desatado- , como si realmente no estuvieran muy seguros de las convicciones y motivaciones de sus personajes.

Aun con todo y con esto, el film nos deja algunos momentos verdaderamente memorables –la ascensión imposible por el acantilado, el descubrimiento de un topo en el grupo o el asalto final al búnker alemán- , amén de regalarnos un par de bonitas postales de un marco tan peculiar como son las islas griegas; factores suficientes para hacer de Los cañones de Navarone un título al que hay que echar un vistazo al menos una vez en la vida.

Recomendado para degustadores de grandes superproducciones bélicas.

P.D.: como curiosidad, la cinta fue objeto de una pseudosecuela, Fuerza 10 de Navarone (Guy Hamilton, 1978) -protagonizada por Robert Shaw, Harrison Ford, Edward Fox, Franco Nero y Carl Weathers- que, aunque entretenidilla, poco o nada tenía que ver con la original. Quizá otro día le dedique unas líneas…

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One Reply to “Los cañones de Navarone”

  1. Con todos mis respetos a tu exposición sobre “Los cañones..”, creo que el hecho de que la acción “pura y dura” no comience hasta ya bien comenzado el film, no lastra lo mas mínimo la historia, mas bien todo lo contrario, ya que los espectadores se van adentrando en la trama desde ese “regusto” especial que supone el desarrollo del plan que se ha de acometer y la atmósfera de peligro y recelo que se va creando, poco a poco, “in crescendo”, hermanándose con la acción vertiginosa, cuando ésta se desencadena. Y en cuanto a los personajes, si bien no hace un exhaustivo estudio psicológico de todos y cada uno de ellos, no se puede decir, ni mucho menos, que sean
    “planos”. Algo se va sabiendo de todos ellos y sus comportamientos, que además, resultan, si no determinantes, muy importantes para el devenir de la historia.
    Pienso que los actores están en “su papel” que, desde mi punto de vista de actor, es lo mejor que se puede decir de un intérprete; no dar más ni menos de lo que requiere el personaje. Si acaso Anthony Quinn se “desmanda un pelín”, en un determinado momento, pero bien mirado, es el único de los protagonistas que puede hacerlo, aunque sea mínimamente. En suma: Un gran trabajo de dirección,interpretación, banda sonora…
    ¡Una gran película, imprescindible entre las mejores del género! (Y estoy de acuerdo con la selección de la “Trilogía Bélica”, aunque hay otras “joyas” que no hay que perderse.

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