El Síndrome de China

‘¿Nucleares? ¡No, gracias!’

En la década de los años sesenta y setenta, en pleno auge de las nucleares, surgieron también las primeras voces críticas –individuales y colectivas, científicas y ciudadanas- que ponían en duda la seguridad de las grandes y numerosas plantas generadoras de este tipo de energías, así como denunciaban las terribles consecuencias que un accidente en estas instalaciones podrían suponer para el medio ambiente y para la vida en general, surgiendo multitud de teorías catastróficas –no sin cierta base técnica- ; entre ellas, por ejemplo, surgió el denominado ‘Síndrome de China’, que se basaba en la suposición de que si el núcleo de un reactor se fundiera, por la razón que fuera, éste produciría tal calor que atravesaría la corteza terrestre, derritiéndolo todo a su paso, hasta llegar al otro lado del planeta.

Sobre esta premisa teórica –exagerada como han demostrado estudios posteriores, sí, pero tremendamente ilustrativa e impactante- , el actor y productor Michael Douglas puso en pie una de las más impresionantes y más verosímiles películas de denuncia jamás realizadas, en la que un equipo de reporteros es testigo, de manera casual, de un accidente en una central nuclear americana, y de cómo los gestores, los magnates de la electricidad y los intereses gubernamentales intentan restar importancia al evento ante el desconocimiento de la opinión pública.

El Síndrome de China, la película, no es un film apocalíptico sobre los efectos de la radiación –de eso ya se encargaría años más tarde otra cinta destacadísima: El día después (Nicholas Meyer, 1983)- ; trata sobre la soberbia del ser humano, convencido de dominar la naturaleza y sus elementos, y sobre la censura y la manipulación en los medios de comunicación –sí, ya entonces; y parece que la cosa no haya cambiado mucho en este aspecto, vistas ciertas líneas editoriales, aquí y allá- . Para ello, el libreto se apoya en dos personajes fundamentales –y maravillosos- : por un lado tenemos a un técnico de la planta, un hombre que lleva casi dos décadas dedicado en cuerpo y alma a esa fábrica, que poco a poco empieza a darse cuenta del peligro potencial y real que tiene bajo sus pies –magistral, como siempre, Jack Lemmon, que ganó con este trabajo un merecidísimo premio en Cannes- ; por otro, a la reportera que quiere destapar el escándalo –Jane Fonda– y cuya ética personal y profesional –y, por qué no decirlo, su ansia de destacar como una buena periodista- le hacen indagar más allá de lo que sus jefes le permiten, empeñados en ver en ella tan sólo a una cara bonita con que ilustrar reportajes inocuos en parques zoológicos y cumpleaños infantiles.

Esta es una de esas películas más que notables, sobresalientes, ya que su carácter de denuncia sin concesiones se sustenta sobre un guión sólido y sin fisuras, pero también sin estridencias ni demagogias baratas: vale, los mandamases políticos y empresariales no salen muy bien parados –algunos llegan a emplear incluso métodos de intimidación de lo más mafiosas- , pero si uno echa un vistazo al resto –la gente corriente, los curritos, los operarios, los periodistas y los técnicos- verá todo un ramillete de personajes con diferentes claroscuros, grises, a veces apáticos, pero llenos de matices y de sensibilidad; además, el libreto no cae en la trampa de ser un mero panfleto antinuclear -aunque en un par de escenas se muestran las protestas de activistas, ecologistas y demás- , y el quid del mismo no es abrir un debate ‘nuclear sí, nuclear no’, sino que pone en solfa el oscurantismo y las prácticas de dudosa ética y moralidad de los poderes fácticos que dominan la sociedad industrializada occidental, y de cómo éstos pueden llegar a censurarnos por ‘antipatriotas’ si no bailamos al son que ellos nos marcan.

Por los dos temas fundamentales que tratan, El Síndrome de China es una película que nadie debería dejar de ver, porque nos habla de la realidad y lo que nos cuentan, y lo que es peor, de lo que se nos oculta a la opinión pública ‘por nuestro bien’; un tipo de cine este que cuenta con grandes ejemplos –el mismo Lemmon participaría tiempo después en otras dos piezas magistrales de este subgénero: Desaparecido (Costa-Gavras, 1982) y JFK: Caso abierto (Oliver Stone, 1991)- y que nos obliga a reflexionar y replantearnos el orden jerárquico establecido en nuestra sociedad desarrollada.

Recomendado para degustadores del cine con mensaje.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s