Justicia para todos

Por encima de la ley.

Hace unas pocas fechas, comentaba que un (¿indiscutible?) clásico del s. XX que no ha aguantado el paso del tiempo era Anatomía de un asesinato, drama judicial de Otto Preminger que, vista desde la perspectiva actual, es indudable que ha quedado completamente desfasada. Sin embargo, esta vez me he topado con un film del mismo género que, sin duda, hoy si podemos ver y disfrutar en su totalidad, ya que si bien Justicia para todos es un muy fiel y verosímil retrato de la sociedad de su época –los EE.UU. de finales de los años setenta- , su mirada ácida, su sarcasmo dramático, no ha perdido un ápice de fuerza.

Arthur Kirkland es un joven e idealista hombre de leyes, un abogado cuyo sentido de la moralidad y la ética le han hecho ganarse no pocos enfrentamientos con colegas, fiscales y sobre todo jueces, que actúan dentro de un sistema corrupto en el que, casi siempre, el fin justifica los medios; su imperturbable escala de valores se tambalea cuando, debiendo hacerse cargo de la defensa de un odioso juez acusado de violación, va descubriendo poco a poco que la justicia es subjetiva, donde cada caso es un número, un dossier, sin importar que la vida y el futuro de los acusados, sean culpables o no, depende de la valía o de la incompetencia del picapleitos de turno.

Norman Jewison, firmante anteriormente de comedias políticas –¡Que vienen los rusos! (1966)- thrillers urbanos –En el calor de la noche (1967)- o controvertidos musicales –Jesucristo Superstar (1972)- , entre otras, retrata con ahínco y doloroso acierto un mundo desquiciado, representado en un particular microcosmos que apenas abarca un par de escenarios –la penitenciaría y los juzgados- y donde sus personajes viven, odian, luchan y, sobre todo, trapichean cual mercado persa en pasillos, lavabos y, en último caso, la sala del tribunal. Y lo hace con una mirada naturalista y a la vez caricaturesca, dramática y por momentos cómica, donde lo mismo un abogado se olvida de su cliente que un juez pega tres tiros al techo para exigir orden… situaciones grotescas con resultados a veces dramáticos, pero, por sorprendente que pueda parecer, de lo más verosímiles en el contexto de esta historia.

Más allá del magnífico trabajo técnico –fotografía, montaje, puesta en escena… cuya mayor virtud es, precisamente, pasar desapercibidos- ayuda mucho, muchísimo, la magnífica labor de todos los actores; pero por encima de ellos, y para mi grata sorpresa, un soberbio Al Pacino, contenido, intenso, genial, en las Antípodas de lo que le hemos visto en los últimos años –donde solemos verle exagerado, grotesco, infame- , y cuyo speech final es toda una lección magistral para futuros alumnos de interpretación.

Nos encontramos ante una cinta indispensable, una fábula tenebrosa que demuestra que las leyes no se aplican, sino que se interpretan, y cuyo resultado depende no sólo de la infalibilidad de las personas que sostienen el sistema –abogados, fiscales, jueces y los doce individuos de la calle con la dura tarea de dar sentencia- , sino de la raza, credo y estatus social económico de los acusados. ¿Justicia para todos? Treinta y pico años después del estreno de esta película, vemos que hay cosas que lamentablemente no han cambiado…

Recomendado para gourmets del cine de denuncia.

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