Dune

Como el cuñado de Rocky.

Seguro que todos os acordáis de Paulie, el amigo y después cuñado del mítico púgil de Filadelfia que encarnara, en todas las entregas de la saga Rocky, el inconfundible Burt Young. Paulie era un tipo con un gran corazón y sentido de la lealtad, que por su bondad se hacía querer, pero –las cosas como son- era un brasas de cuidado, plomizo y cansino a más no poder.

De igual manera podríamos definir Dune, la extraña y ambivalente épica galáctica que David Lynch, un director de cuidado, estrenara allá por el 1984 a partir de la novela homónima de Frank Herbert. Es decir: que la película quiere trascender y agradar, ampliar la space opera más allá de los universos imaginados en la entonces recién finalizada –o eso nos creíamos en aquél tiempo- saga espacial de George Lucas, pero con una trama a medio camino entre la tragedia griega y el drama shakesperiano. Traiciones, asesinatos, rebeliones, duques, imperios, pueblos oprimidos, lucha por la libertad… ¿qué guay, no? Pues… no.

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MachLachlan, luciendo el traje típico regional de Arrakis.

Dune se encuentra entre mis ‘clásicos para ir a dormir’, es decir, títulos con cierta reputación en la historia del celuloide que, con todo el dolor de mi corazón, habré empezado a ver media docena de veces y en todas me quedé frito. Hoy, por fin, me la he zampado de cabo a rabo –iba a decir del tirón, pero estaría mintiendo: no pocas pausas he tenido que hacer para recuperarme y coger fuerzas- , y, aún a riesgo de que una legión de fanáticos del planeta Arrakis venga y me linche –por cierto, ¿cuál es el gentilicio? ¿arriacenses?- , debo decir que la peli es aburrida no, lo siguiente. Ya desde los primeros minutos, con esa larga y enrevesadísima introducción a cargo de Virginia Madsen –que de inmediato vuelven a repetir, ya con unos ilustrativos dibujitos en pantalla- , uno percibe que Dune nos puede ofrecer muchas cosas, excepto una: diversión. Esa fue la clave con la que atinó Lucas y con la que nos embaucó a millones y millones de espectadores de todo el mundo, de varias generaciones, y lo sigue haciendo: nos divierte. Aquí, sin embargo, todo tiene un halo de excesiva trascendencia, todo es importante y no hay lugar para la banalidad, el asueto o, simplemente, las básicas emociones humanas –reír, llorar, temer, amar- , todos los personajes se mueven como cyborgs preprogramados y ninguno, ya sea héroe o villano, desprende el suficiente carisma o empatía como para atrapar al espectador.

Si poco interesan los personajes, la nefasta consecuencia es que preocupe aún menos aún lo que les pase. Y entre videntes esotéricas, gangsters flotantes y príncipes sin reino, la única curiosidad reside en ir descubriendo, o redescubriendo, la multitud de conocidos rostros del cine, el teatro y la TV que desfilan por la pantalla. Recordaba, claro, a Kyle MacLachlan, a Patrick Stewart o al cantante Sting, pero había olvidado por completo que por aquí también andaban Jürgen Prochnow, Sean Young, Max Von Sydow, José Ferrer, Brad Dourif, Linda Hunt, Richard Jordan o Dean Stockwell, la mayoría en papeles mínimos, casi testimoniales, pero que le podrían dar a la cinta un empaque comercial de escándalo. Pero no es así: la labor interpretativa de los actores es completamente plana, aséptica, y ninguno me transmite ningún tipo de sensación, ni positiva ni negativa.

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MachLachlan vs. Sting: aquí te pillo, aquí te mato.

Mención aparte debemos hacer de los efectos especiales, un aspecto vital para todo film de ciencia-ficción que se precie. Nos encontramos ante el enésimo caso –hubo demasiados en la década de los ochenta del pasado siglo- de quiero y no puedo: quiero los FX de Star Wars y, como no puedo, me quedo con los retales y descartes de Flash Gordon (Mike Hodges, 1980), que para eso tenemos a Dino De Laurentiis en nómina como productor. Y si la peli sobre el personaje creado por Alex Raymond era técnicamente risible –pero se soportaba gracias a un par de momentos inspirados y a algunos actores y personajes de carácter- , aquí la cosa está todavía a un nivel todavía inferior, lo cual ya era difícil… pero se logró: esas naves pegadas en los fondos estelares, esas maquetas de cartón piedra, esas pistolas que a veces no disparan –fijaos bien: en más de una ocasión los actores hacen el gesto pero no salen rayos de las armas- .

Parece ser que tan nefasto resultado viene dado porque los productores le impidieron a Lynch llevar a cabo su montaje inicial de ocho horas (!). El director de El hombre elefante (1980) dio su brazo a torcer y redujo el metraje a cinco (!!), a lo que los Laurentiis se opusieron, dejándolo en los ciento treinta y siete minutos de edición para su estreno en salas… con el consiguiente cabreo del realizador, que juró que no volvería a trabajar para un gran estudio. Parte de ese metraje fue recuperado para una posterior edición para la televisión –de la cual Lynch siempre ha renegado, exigiendo incluso su nombre fuese sustituido por el del socorrido Alan Smithee en los créditos- , pero parece ser que existe otro corte de casi tres horas, y otro más de ¡trescientos catorce minutos! En fin, yo os digo que la que he visto es la original y primigenia, la que en su día se proyectó en salas comerciales: dos horas y cuarto que se me han hecho larguísimas, pesadísimas…pero que, a pesar de su notable fracaso comercial, hoy hay quienes la consideran una obra de culto. En fin, qué cosas.

Recomendado para devotos de la sci-fi intelectualoide.

Un comentario en “Dune

  1. Pues a día de hoy mi opinión es más o menos como la tuya. Sobre todo me llevé la sensación de que la primera mitad de película quieren contar muchas cosas súper trascendentales y complejas, con muchos personajes, muchos reinos, muchas relaciones… para que la segunda mitad sea una historia bien sencillita de los buenos contra los malos. Y punto. ¿Hacía falta esa presentación tan densa?

    Eso sí, los buenos montan en orugas gigantes y eso es… No, qué narices, eso es tan ridículo como el pelo de Sting. XD

    Yo vi la edición de televisión. Sabiendo que existe una de 300 y pico minutos igual le doy un intento, a ver si me cuentan algo más. Eso sí, la veré a trozos cual serie de televisión porque si no…

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