El secreto de la pirámide

Cuando Watson conoció a Sherlock.

Son innumerables las aproximaciones cinematográficas que se han hecho alrededor de la figura de Sherlock Holmes durante el último siglo; pero si hay una que, sin ser ni mucho menos la mejor, recuerdo con un cariño especial – con permiso de la excelente serie de anime del maestro Hayao Miyazaki- , es ésta: producida por Steven Spielberg y la casa Amblin en 1985 y con Barry Levinson como director de orquesta, El secreto de la pirámide era una propuesta fresca, juvenil y desenfadada, que jugueteaba –con cariño y reconocimiento hacia el autor original, Sir Arthur Conan Doyle, tal y como rezan los créditos finales del film- con la idea de que el legendario detective y su inseparable ayudante se hubiesen conocido en sus años de pubertad. Un planteamiento sin duda atractivo, sobre todo para animar a los más jóvenes a descubrir más relatos y aventuras de tan audaz personaje en las páginas del fabuloso legado literario que nos dejó su autor.

El paso de los años –y la experiencia, y las canas- hacen que hoy vea esta cinta con las mismas dosis de cariño y nostalgia, pero con mayor objetividad. Y resulta reconfortante comprobar que algunos elementos perduran brillantemente inalterables, situando a esta producción por encima de la media: por ejemplo, el acertadísimo casting de jóvenes intérpretes –con Nicholas Rowe/Sherlock y Alan Cox/Watson a la cabeza- , que retrata, con exquisita fidelidad al original literario, las contrapuestas pero complementarias personalidades del sabueso y su mano derecha; la muy lograda ambientación del Londres victoriano, merced a un notable trabajo tanto de fotografía (Stephen Goldblatt) y dirección artística (Charles Bishop y Fred Hole); y los revolucionarios efectos especiales por obra y gracia de ILM, sobresaliendo –y de qué manera- en las escenas de alucinación –inolvidable ese caballero medieval que salta de una vidriera para recomponerse, a tamaño natural, frente a un aterrorizado monje; primera vez en la Historia que se insertaba un personaje 3D en un film de acción real- .

No se puede negar que el libreto, firmado por un joven Chris Columbus, recoge el testigo de la exitosa Los Goonies (Richard Donner, 1985) para montar una trama claramente indianajonesca, tomando prestada la iconografía egipcia de En busca del Arca Perdida (Steven Spielberg, 1981) adornando un escenario que recuerda poderosamente al templo maldito de la homónima secuela. Por otro lado, los propios Spielberg y Columbus hicieron algo más que inspirarse en esta cinta que hoy nos ocupa para obras posteriores: el duelo final a esgrima en ese desvencijado puerto volveríamos a verlo, sospechosamente similar, en el clímax de Hook (El capitán Garfio) (Steven Spielberg, 1991), mientras que la escuela donde estudian nuestros jóvenes héroes recuerda poderosamente al colegio Hoghwarts de la saga Harry Potter (2001-2011).

Quizá hoy algunos de sus enigmas nos parezcan demasiado evidentes –esa prueba de ingenio a la que le reta el envidioso Dudley/Earl Rhodes– , pero no se puede negar que El secreto de la pirámide, casi tres décadas más tarde, se mantiene tan jovial como el primer día. Una demostración –otra más- de que, hasta no hace mucho, el cine para adolescentes era eficaz y eficiente, más preocupado por contar una historia y enseñar unos valores –la amistad, la lealtad, el honor- que por vender merchandising y comprometer interminables sagas huecas de contenido y desorbitadas en presupuesto.

Recomendado para nostálgicos de la aventura juvenil.

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