Los santos inocentes

Ecos de un tiempo no tan lejano.

Hubo un tiempo, no hace demasiados años, que en este país aún se producía un cine casi rudimentario, artesanal, a años luz de los avances tecnológicos que deslumbraban al mundo desde el lejano Hollywood, pero que, de cuando en cuando, paría auténticas joyas impolutas, obras maestras de puro cine que nos retrataban y mostraban al mundo entero algunos capítulos de nuestra historia y de nuestra sociedad, llena de claroscuros pero riquísima en matices y valores humanos y cinematográficos.

Los santos inocentes (1984) es uno de sus ejemplos más ilustrados. Basado en la novela homónima de Miguel Delibes y bajo la sobria y firme dirección de Mario Camus, este film es a la vez hosco y maravilloso, cruel y tierno, duro y al tiempo esperanzador, que nos muestra una España pobre y rural, dividida en clases sociales donde los señoritos deciden a su antojo sobre todo y todos los que están a su servicio en su cortijo feudal, y los sirvientes, campesinos y analfabetos, se resignan a cumplir con el papel que les ha dado la vida. Desde la perspectiva actual, podría ser muy fácil –y quizás demagógico- separar a los buenos de los malos. Pero, como digo, la película está llena de matices, detalles, casi todos ellos envueltos en una atmósfera brumosa y plomiza en la que los parias son capaces de ver la luz entre las tinieblas y los ricos juegan a ser dioses mientras, insaciables, se traicionan entre sí.

los-santos-inocentesPaco, el bajo, excepcionalmente interpretado por el gran Alfredo Landa, guarda en sus ojos el brillo de la esperanza: a pesar de tener que cargar con una hija pequeña enfermiza –ni siquiera bautizada, pues sólo se la conoce como la Niña Chica– y con un cuñado con cierta deficiencia mental pero muy capaz para las labores del campo, vive obsesionado con servir fielmente, cual perro labrador, a su señorito Iván (Juan Diego), pues tenerle a él contento puede suponer lograr un futuro académico y cultivado, lejos del campo, para sus otros hijos. Por otro lado, el señor Don Pedro, administrador del cortijo bajo los rasgos de Agustín González, vive casi todo el año acostumbrado a los placeres de una nobleza a la que aspira pero nunca alcanza, pues cuando el amo regresa no sólo se siente degradado, sino que ni siquiera puede hacerle frente ante una evidente humillación con cuernos de por medio. Para mí, estos son los dos personajes que mejor definen esas contradicciones, esos claroscuros que he mencionado antes. Y a su alrededor, la vida les conjuga, les enfrenta, les pone a prueba día sí, día también. No me olvido del inolvidable Paco Rabal, cuyo retrasado Azarías es un icono dentro de la Historia del Cine en nuestro país y que, gracias a este trabajo, se vio recompensado con un premio nada menos que en Cannes, ex aequo con su compañero Landa. Azarías es práctico y puro, pero a la vez sucio e incómodo, como un niño inmaduro encerrado en el cuerpo de un hombre torpón y entrañable. Nunca Terele Pávez fue capaz de transmitir tanto con tan pocas palabras, y el ya nombrado Juan Diego es la encarnación misma de esa nobleza política más propia del medievo clavada a sangre y tierra en un país quebrado y malherido.

Con una construcción narrativa brillante –la historia avanza y se desarrolla en cuatro flashbacks, cada uno retratando un episodio del pasado de un personaje- , una prosa excepcional –da gusto oír los diálogos y parlamentos de todos los personajes, en un riquísimo castellano, aunque cada uno de acuerdo a su estatus- y una realización áspera y cruelmente hiperrealista, Los santos inocentes es una verdadera maravilla de obligado visionado y estudio para nuestros futuros cineastas. Si todavía hay quien no la haya visto… ¿a qué está esperando?

Recomendado para gourmets de la crónica social.

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