RoboCop

Futuro deshumanizador y productos de omnio consumo.

Comentaba en este mismo blog, acerca de la película 1997: Rescate en Nueva York (John Carpenter, 1981), la cantidad de literatura y cine que rara vez nos ha ofrecido una visión del mundo futuro que no fuese sucio, opresivo, temible y desasosegante. Esto se produce casi siempre en épocas en la que el tiempo presente, como ahora, nos hace concebir un porvenir oscuro y deprimente, en el que los totalitarismos y las extremas diferencias entre clases sociales parecen más plausibles que la concordia, la paz o la fraternidad. O será que, sencillamente, somos un poquito masocas e incapaces de creer en un mañana próspero y confortable…

Sea como fuere, la década de los ochenta del pasado siglo, que vivió una serie de profundos cambios sociales y culturales, dio pie a no pocas producciones que, con diferente acierto, retrataban un presente negro y decadente a través de fábulas de ciencia-ficción de ambiente suburbano y violento. Uno de los ejemplos más notables, y que ha ido ganando en entereza y consideración con el paso de las décadas, es RoboCop (1987), debut en Hollywood del realizador holandés Paul Verhoven –firmante hasta entonces de, entre otras, Delicias turcas (1973), El cuarto hombre (1983) o Los señores del acero (1985)- : a modo de anacrónico western, el film nos sitúa en un futuro cercano pero indeterminado y en una ciudad industrializada y decadente, Detroit, donde llegará una especie de tecno-sheriff dispuesto a impartir justicia, defender a los inocentes y acabar con el reinado de poder de la élite dominante en las altas esferas. Pero claro, estamos hablando del mañana, y algunas cosas son distintas: nuestro héroe no es un pistolero sin pasado o un íntegro Marshall enviado para una misión específica, sino, como todo en esta vida, un producto desarrollado por una marca registrada, y su carácter mecánico y cibernético le impide, a menos a priori, sentir algo de empatía o humanidad…

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El brazo fuerte de la ley… del futuro.

Los guionistas Edward Neumeier y Michael Miner supieron combinar con estilo algunos elementos que, en un principio, podrían no conjugar: además de lo comentado en el párrafo anterior, RoboCop bebe de la literatura clásica –el Frankenstein de Mary Shelley- y de la cultura popular –desde los cómics de Juez Dredd al anime japonés, pasando por el Terminator (James Cameron, 1984) y con algunas sutiles gotas de Blade Runner (Ridley Scott, 1982)- , pero con cierta destreza supieron convertirlo en una parábola sobre el consumismo y la mercadotecnia –no son pocos los spots publicitarios que ilustran el contexto en el que se desarrolla la trama- en un mundo casi prebélico en el que la casta económicamente poderosa –agresivos yuppies de las finanzas y de la filosofía neocon– , celosa por conservar su propio statu quo, lo mismo saca fuerzas militares a las calles –el titánico ED-209 no es sino un tanque con patas- que soborna matones o patrocina programas experimentales que resucita a los muertos para convertirlos, cibertecnología y robótica mediante, en eficaces y agresivos agentes de policía…

Más allá de su superficial apariencia de efímero blockbuster de bajo presupuesto, RoboCop es en realidad una película claramente humanista y humanizadora, en el sentido literal del término: el agente Murphy (Peter Weller) pierde la vida en acto de servicio y la misma corporación que explota laboralmente al cuerpo de policía metropolitana -¿efectos colaterales de la privatización/externalización de un servicio que debería ser público?- le priva del descanso eterno, le despoja de su naturaleza humana y le convierte en un arma letal implacable e incorruptible… pero el espíritu, el alma del hombre sigue ahí, en lo más recóndito de este nuevo ser. Lo mejor son los pequeños y sutiles detalles con que Verhoeven va ilustrando este proceso de máquina a hombre –el característico giro de revólver, la visita al abandonado hogar de los Murphy, el ojo tras el visor- , y todo lo demás –tiros, persecuciones, explosiones, etc.- no son sino fuegos de artificio de una factura técnica impresionante –genial el cuerpo a cuerpo entre los dos androides en la torre de la OCP- que envuelven una de las propuestas de sci-fi más brillantes y plausibles de su tiempo y que, a diferencia de otras, sí ha sabido aguantar el paso del tiempo. Imprescindible.

Recomendado para devotos de las fábulas distópicas.

P.D.: El éxito del film no sólo convirtió a su protagonista en todo un icono de su época, sino que dio lugar a un par de secuelas cinematográficas -a cada cual más olvidable- , un par de TV-movies y series de televisión tanto en imagen real como en dibujos animados -con infinitas menos dosis de violencia, pues estaban dirigidas a públicos infantiles y juventiles- , videjuegos, juguetes y multitud de productos de merchandising. Irónico, si se tiene en cuenta la moraleja anticonsumista de la primera película…

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