Un hombre lobo americano en Londres

Una comedia siniestra a la que le sobra… la comedia.

En los últimos veinte años, habré visto al menos cuatro o cinco veces Un hombre lobo americano en Londres. La primera vez que cayó en mis manos, esta (supuesta) comedia de terror firmada por John Landis en 1981 no me produjo ni pizca de gracia, pero al mismo tiempo me fascinaba: el film tenía un no-sé-qué que me dejaba cautivado, ojiplático, aun a pesar de ser consciente de sus limitaciones y lagunas argumentales. Fueron pasando los años y de vez en cuando recuperaba este film, pensando que las anteriores veces me había pillado a una edad demasiado joven, o quizá en un momento poco propicio para poder pillar la sutil ironía y el fino humor negro que, decían, atesoraba la película. Nada, ni por esas.

Hoy, como digo dos décadas más talludito, con más experiencia cinéfila a mis espaldas y con tropecientos films visionados y comentados como bagaje –hoy en este blog o en puntuales colaboraciones con medios digitales, anteriormente en otros soportes tradicionales- , le he dado una nueva oportunidad a la peli. Indudablemente, es sin duda un pequeño clásico del siglo XX. Pero a su vez hay que reconocer que, aunque posee algunos hallazgos y virtudes –que a continuación detallaré- , no se puede negar una evidencia: y es que el film no funciona. Al menos, para mí.

Como he comentado en la introducción, nos encontramos ante lo que se supone que es una comedia de terror. Una mezcla ya de por sí osada y difícil, y ahí es donde creo que reside precisamente el gran hándicap del film: no hay mezcla alguna. La atmósfera que desprende ya desde su planteamiento es tan inquietante como sublime –esos dos amigos de turismo por la Gran Bretaña profunda y que se extravían en un oscuro páramo en medio de la nada- , culminada por ese feroz y sangriento ataque en el que uno de los protagonistas morirá y el otro quedará terriblemente malherido a causa de las dentelladas de un enorme lobo negro. Las pesadillas que sufrirá el superviviente durante su dura recuperación hospitalaria son ciertamente escalofriantes, así como el demoníaco destino al que está condenado según se le revela en uno de esos sueños -¿o acaso no lo son?- . Y, una vez se haga evidente la nueva naturaleza salvaje del joven, la película no deja de regalarnos algunas escenas de lo más impactantes, estremecedoras y terroríficas, tales como la explícita transformación en licántropo –sublime trabajo de FX y maquillaje en látex, a cargo del genio de Rick Baker– , la angustiosa persecución por el suburbano londinense o el ataque de la bestia en pleno Picadilly Circus –una secuencia ya antológica por méritos propios- , por poner solo algunos ejemplos punteros.

American_Werewolf_At_London

¿Has bailado con el demonio a la luz de la luna…?

Es decir, que como film de horror, podríamos decir que bien, muy bien. Pero, ¿y la comedia? Ahí es donde pincha: momentos como cuando el protagonista intenta regresar al apartamento trepando por la ventana –después de que la puerta se le haya cerrado por dentro- , su despertar en la jaula de los lobos del zoo o la mayoría de las absurdas conversaciones con su compañero fallecido –convertido indefectiblemente en un pútrido muerto viviente- son de un humor demasiado blando, casi naif, que contrasta con el tono cruel y despiadado del resto de la cinta y, para quien esto escribe, son más un estorbo que una aportación. Salvo de la quema un momento verdaderamente excepcional: el hilarante diálogo entre el hombre-lobo, el amigo zombie y el ramillete de muertos por el ataque licántropo en la oscuridad de un cine porno londinense, debatiendo la manera más efectiva para que el protagonista, por un bien común, se quite la vida. Puro delirio.

Inspiración clara y evidente para el Lobo que dirigiera Mike Nichols en 1994, curiosamente no me molesta tanto la crueldad algo caprichosa y gore de algunas escenas –ese poli decapitado- como esos atroces momentos que pretenden ser alta comedia y se quedan en meros chistes de poca monta, que, como digo, hacen que pierda el interés por el relato y difícilmente me invitan a reengancharme. Añadámosle a esto un elenco sin gracia y sin carisma alguno –David Naughton, Jenny Agutter, Griffin Dunne– , y el resultado no puede ser más decepcionante debido al enorme potencial maltratado –o, sencillamente, anticuado- que desprende la cinta. No soy muy amigo de los remakes, y menos aun cuando se toma como base un film tan relativamente reciente; pero creo que en el caso de Un hombre lobo americano en Londres, según quien cogiese las riendas del proyecto, no lo vería con malos ojos.

Recomendado para aficionados a los experimentos transgenéricos.

Por cierto, en 1997 se estrenó una poco afortunada secuela titulada Un hombre lobo americano en París, dirigida por Anthony Waller y con Tom Everett Scott y Julie Delpy (¡!) al frente del reparto. Debo decir que no la he visto, y por lo que he leído por ahí no creo que me apresure mucho a echarle un vistazo…

sensacine

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