Victor o Victoria

¡Y que viva el amor libre!

Acabo de descubrir Victor o Victoria. “Todo un clásico”, dirán algunos. Y debo reconocer como tal a esta cinta de Blake Edwards, ya que, si en una primera impresión confieso que me dejó con insuficiente feelling, poco a poco voy hallando cada vez más virtudes a esta película.

De entrada, me dejó algo desconcertado el hecho de que Victor o Victoria no es un musical, aunque se etiquete como tal; apenas cuenta con media docena de números, y todos ellos están justificados sobre un escenario. Es decir: que nadie espere que los personajes de pronto comiencen a recitar sus diálogos mientras bailan al son de una música por diferentes escenarios. Aquí, cuando entra la música, se detiene la narración dramática. Pega número uno.

Digamos que este film es más una comedia con canciones; pero como comedia tampoco es excesivamente brillante, su guión es bastante ingenuo y Edwards parece alejarse de las sofisticaciones de un Lubitsch o un Wilder para moverse por un terreno, en apariencia, más amable y menos complejo. Pega número dos.

victor o victoriaAhora detengámonos un momento en lo que la película destila más allá de los simples veinticuatro fotogramas por segundo. Para empezar, su realización y puesta en escena es tremendamente clásica –tanto que yo, erróneamente, la ubicaba en los años cincuenta o sesenta del pasado siglo, cuando descubro sorprendido que fue estrenada en 1982-  ; punto a favor. Cuenta con la gran Julie Andrews al frente del reparto, y siempre es una gozada verla y oírla cantar; otro tanto.

Pero si algo me ha hecho reconsiderar mi (errónea) valoración inicial ha sido descubrir, tras su manto de ingenuo y alegre vodevil, un sorprendentemente explícito alegato a favor de la igualdad, la fraternidad y el amor sin tapujos, cortapisas ni prejuicios de ninguna clase. O dicho de otro modo: es una película tremendamente gay, pero no como sinónimo de homosexual –aunque la homosexualidad está más que presente, es casi el macguiffin del relato- , sino como concepto de alegría, cariño, bondad y buenrrollismo. Y es ese espíritu liberal y a la vez respetuoso con el prójimo, amable y al tiempo irónico, festivo pero con un contrapunto de amargura –la historia se desarrolla en el París de 1936… es decir, poco tiempo antes de la invasión alemana y el comienzo de la mayor pesadilla bélica de todos los tiempos- el que sitúa este Victor o Victoria por encima de la media.

Blake Edwards, además, nos deja una lacónica reflexión para la posteridad: ¿cómo hubiera sido nuestro mundo actual si no hubiese ascendido el fascismo? Seguramente hoy viviríamos en una sociedad mucho más justa, más amable y más generosa. Piénsenlo detenidamente la próxima vez que echen un vistazo al film y verán que de comedia ligera, nada.

Recomendado para espectadores de espíritu libre.

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