Dracula de Bram Stoker

Un quiero y no puedo.

Recuerdo cuando, en 1992, leí la noticia de que Francis Ford Coppola preparaba una nueva versión cinematográfica del todo un clásico: Drácula. Por entonces, que yo tendría unos 13 ó 14 años, para mí Coppola era el señor que había dirigido las pelis de El Padrino –que siempre había admirado- o Apocalypse Now –esa de guerra con Martin Sheen en un río buscando a Brando desesperadamente y que nunca he conseguido ver sin dormirme- , y me chocaba enormemente que con ese currículum previo se fuese a hacer cargo de una de terror y vampiros.

Para evitar prejuicios, y dado que ya entonces se hablaba de que era la adaptación más fiel jamás realizada sobre la novela de Bram Stoker, aproveché para leer la obra original. Y por fin, cuando tuve oportunidad de ver la película, me sentí un poco decepcionado, la verdad.

Durante todos estos años, de cuando en cuando, me he vuelto a asomar a este Drácula de Coppola, sin llegar a sentirme satisfecho del todo. Hoy, sin embargo, he decidido darle una nueva oportunidad, completando el visionado de la cinta con el de sus extras en la edición especial en DVD que Sony lanzó en 2007.

Y… ¿qué queréis que os diga? Mi opinión no ha variado al respecto, prácticamente. Sigo encontrando a este Bram Stoker’s Dracula confuso, atropellado, un plomizo pasteleo victoriano más cercano al folletín de telenovela -jovencita de clase media-alta cuyo prometido se encuentra en viaje de negocios y que cree encontrar el amor verdadero en un misterioso, atractivo y perturbador extranjero, que resulta ser un temible conde-vampiro- cuya fastuosa dirección artística  –decorados, vestuario, puesta en escena, etc.- envuelve una historia llena de lagunas. Podría pensarse que el problema es un guión inconsistente; pero una vez vistas las (numerosas) escenas eliminadas del bonus disc –casi todas muy descriptivas y enriquecedoras para la narrativa- , da la impresión de que más que un problema de libreto lo que ha habido es un pésimo montaje, más preocupado por no pasarse demasiado de las dos horitas de rigor comercial que por contar una historia con un tempo adecuado.

La labor de los actores tampoco ayuda demasiado: Gary Oldman –hasta entonces, actor poco conocido por el gran público pero recordado como el Lee Harvey Oswald del JFK de Oliver Stone- sí realiza un soberbio trabajo bajo ingentes cantidades de maquillaje; pero ni un Anthony Hopkins post-Hannibal Lecter ni una por aquel entonces emergente Winona Ryder terminan de cuajar sus personajes, y el hierático Keanu Reeves vio reducido su personaje a simples pinceladas.

En definitiva, cada vez que veo este Drácula siempre termino con la sensación de que está poblada de magníficos momentos, visualmente impactantes, pero sin una clara coherencia narrativa entre sí. Es un quiero y no puedo.

Recomiendo fehacientemente echar un vistazo a los extras del DVD ya mencionados, principalmente las escenas inéditas que, ojalá, algún día en el futuro formen parte de un director’s cut que nos permita disfrutar de esta obra tal y como Coppola la concibió en su preproducción; y el magnífico documental En la cámara: los sencillos efectos visuales de Drácula, que muestran, de manera muy ilustrativa, los imaginativos trucajes “a la antigua” de los que hace gala el largometraje. Lástima que se hayan olvidado del maravilloso videoclip de Annie Lennox Love Song for a Vampire, tema original de la película y que forma ya parte de los grandes clásicos de las bandas sonoras del Séptimo Arte.

Recomendado para espectadores curiosos.

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