El silencio de los corderos

Las dos caras de la maldad.

¿Es Jonathan Demme un buen director? De cuando en cuando vuelvo a revisar algunas de sus películas más populares, y siempre termino haciéndome esa misma pregunta. Personalmente, nunca he sentido excesiva predilección por su estilo tan particular como impostado, llegando a veces a ser casi artificioso y manipulador, trufado de primeros planos subjetivos que no siempre me funcionan en la narración. ¿A qué se debe entonces que hoy pueda considerar El silencio de los corderos (1991) como un verdadero clásico del siglo XX? Porque la cinta, aunque imperfecta, posee otras muchas virtudes que sí supieron ser aprovechadas y explotadas por el realizador, dando como resultado uno de los títulos más impactantes, turbios e inquietantes de primera mitad de los años noventa: una atmósfera perturbadora y enfermiza y unos personajes inolvidables para retratar las dos caras del horror cotidiano perpetrado por asesinos en serie que se camuflan entre nuestros vecinos y que pueden mostrar un rostro frío y calculador, o, por el contrario, una faz dantesca, casi animal, terrible, cruel, sanguinaria…

Dos caras: la del salvaje apodado ‘Búfalo’ Bill, de imponente apariencia física –que, a su vez, es su condena- , que desuella a sus víctimas –todas, mujeres jóvenes- y las abandona en remotos parajes pantanosos; pero también la de Hannibal ‘el Caníbal’ Lecter, culto, refinado, metódico, tranquilo… pero capaz de una crueldad sin igual, que mata con sus manos y devora –literalmente- a sus víctimas. Para poder detener al primero, en una angustiosa carrera contrarreloj, la cadete Clarice Starling debe tratar de sonsacar toda la información posible al segundo… aunque eso le suponga tener que enfrentarse a su propio pasado de temores y pesadillas de infancia. Una perturbadora relación que comenzará con recelo entre investigadora y preso y que evoluciona hacia un cierto romanticismo gótico… la bella y la bestia en versión psicothriller.

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Lecter y Starling: ‘quid pro quo’…

Aunque pueda parecer lo contrario –tanto a los pocos que aún no hayan visto esta película como a los que la recuerdan por sus escenas más escabrosas- , El silencio de los corderos es tremendamente equilibrada: pesa tanto el aspecto psicológico –diálogos, deducciones, pistas- como la misma violencia física, que casi siempre es explícita y espeluznante. Huelga decir que todos los actores están fabulosos: muy notables las aportaciones de Ted Levine y Scott Glenn, pero la palma se la lleva sin duda su pareja protagonista –ambos reconocidos con sendos y merecidísimos Oscars de interpretación- : Jodie Foster pone el punto justo de ingenuidad y coraje a su personaje, y Anthony Hopkins… ¿qué decir de Anthony Hopkins? No crea, él es Hannibal Lecter, dando vida al que probablemente sea la última gran figura mítica del celuloide del pasado siglo. Colosal.

Sutil y a la vez brutal, hipnótica y a la vez aterradora, El silencio de los corderos exprime lo mejor de la novela de Thomas Harris –obviando aquél olvidado Hunter (Michael Mann, 1986), primera aparición fílmica del caníbal y encarnado entonces por Brian Cox- y sitúa al espectador en un microcosmos angustioso, opresivo y malsano, heredero del Twin Peaks televisivo de David Lynch y que sin duda influyó en notables obras posteriores como Se7en (David Fincher, 1997). Lástima que, como digo, el libreto trampee en algunos momentos clave -¿cómo narices consigue Lecter hacerse con la pluma de su carcelero Chilton/Anthony Heald?-  y que en su momento estuviera rodeada de una estéril polémica –muchos colectivos pro-gays y transexuales se manifestaron por “la insidiosa imagen” (sic) que se daba de ellos- , pero, con la perspectiva de los años, no podemos negarle su carismática personalidad a este film, que se alzó también con otras tres estatuillas –Mejor Película, Mejor Director y Mejor Guion Adaptado- y que dio pie a tres nuevas (e inferiores) entregas –las secuelas Hannibal (Ridley Scott, 2001) y Hannibal: el origen del mal (Peter Webber, 2007) y la precuela El dragón rojo (Brett Ratner, 2002)- así como a una exitosa serie de televisión, con el danés Mads Mikkelsen encarnando al famoso doctor en la pequeña pantalla.

Recomendado para degustadores del thrillers turbios.

[Leer especial 25 aniversario de ‘El silencio de los corderos’]

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