Sin perdón

Clint Eastwood, ‘cum laude’.

Hasta finales de los años ochenta, la carrera como actor de Clint Eastwood gozaba de una cierta popularidad entre el público mayoritariamente masculino, norteamericano y republicano, y si bien ya hacía casi dos décadas que había dado su primer paso como director de largometrajes con la inesperadamente atípica Escalofrío en la noche (1971) –y en cuya filmografía posteriormente firmó algunos notables títulos como El jinete pálido (1985) o Bird (1989)- ,  quien más y quien menos le seguía encasillando como un eterno cowboy, como un tipo duro y fascistoide a lo Harry Callahan, capaz de robarle un avión supersónico a los rusos o de adiestrar con mano férrea al admirado cuerpo de marines con tal de servir a su patria y su bandera.

Por ello, a nadie dejó indiferente cuando en 1992 estrenó Sin perdón; los que esperaban una nueva encarnación del violento vaquero fuera de la ley se sintieron decepcionados, pero, afortunadamente, la mayoría tuvo que reconocer y rendirse ante la evidencia de que tantos años aprendiendo de notables cineastas raramente reconocidos como Sergio Leone o Don Siegel habían hecho de Clint un director de pulso firme, narrativa sutil hermoso clasicismo. Así, bajo la apariencia de un típico western heredero del mejor John Ford –con un ritmo pausado y sobrio, una perfecta puesta en escena y un excepcional uso del Cinemascope; cada plano es una lección magistral de encuadre y composición- , Eastwood en cierto modo traicionó al género que tanto le dio de comer en el pasado para, apoyándose en el soberbio guión de David Webb Peoples y de la mano de un cast en permanente estado de gracia –Gene Hackman, Morgan Freeman, Richard Harris o Frances Fisher, entre otros, le acompañan frente a la cámara- , realizar todo un análisis forense y psicológico sobre la violencia humana y sus más dolorosas consecuencias, y nada mejor que hacerlo en un contexto histórico tan grotescamente violento como fue finales del siglo XIX en el Lejano Oeste americano.

Olvídense de impasibles bandidos, ladrones de trenes con halo romántico, forajidos mascando tabaco o pusilánimes buscadores de oro preocupados por un posible ataque indio: todos esos clichés son obviados, apartados, y más allá de retratarnos una época y unos personajes, Sin perdón se rebela como todo un alegato contra la violencia explotando precisamente esa misma violencia hasta límites perversos y dolorosos, merced a un, como hemos dicho, excepcional elenco actoral que da vida a unos hombres y mujeres creíbles, imperfectos, llenos de matices y claroscuros. Todo ello además retratado con la firmeza de quien ya presentaba credenciales como uno de los últimos cineastas de corte clásico que quedaban en Hollywood, un realizador que no sólo mima a sus actores sacando de ellos lo mejor que pueden dar –algo en cierto modo razonable y normal en quien ha pasado media vida delante de las cámaras- , sino que emplea con suma precisión y sutileza todas las herramientas que tiene a su servicio, y aunque todo el trabajo técnico y artístico es sobresaliente, destaco la fotografía de Jack N. Green, sencillamente excepcional –véanse todas esas escenas nocturnas iluminadas sólo por el tenue fulgor de una pequeña hoguera- y la maravillosa música de Lennie Niehaus, brillante, sutil y evocadora.

Dos años después del merecido reconocimiento a la preciosista –y ecologista- Bailando con Lobos (Kevin Costner, 1990)- , la Academia tuvo que rendirse ante esta incuestionable obra maestra –lo que dio pie a un efímero revival de un neo-western más comercial, trufado de títulos de discutible calidad- y a su director, concediéndole cuatro Oscars. Desde entonces, Eastwood ha seguido trabajando de manera constante durante las dos últimas décadas, período en el que ha dirigido nada menos que dieciséis largometrajes, algunos de ellos ciertamente sobresalientes –Mystic River (2003); Million Dollar Baby (2004)- , pero nunca alcanzando el nivel de madurez o inspiración que le acompañó durante todo el proceso de producción de Sin perdón. Imprescindible a todos los niveles.

Para cinéfilos de pro.

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