In Time

El precio del mañana.

Tiempo. Eso es lo que marcará la diferencia entre ricos y pobres en un futuro próximo. Minutos, días, meses, años… son la moneda de cambio en una sociedad cuyos individuos sólo envejecen hasta los 25. A partir de ahí, una especie de reloj biológico marcará cuanto les quede de existencia. Y, como cualquier otro bien material, el tiempo puede regalarse, perderse o incluso robarse. Bajo esta máxima, ¿puede una persona acumular tanto tiempo que pueda llegar a ser inmortal?

Este es el curioso planteamiento de esta nueva fábula de ciencia-ficción que nos trae el reputado guionista y director Andrew NiccolGattaca (1997), Simone (2002), El señor de la guerra (2005)- . Sin embargo, lo que en su ópera prima era una vuelta de tuerca al mito de Caín y Abel donde las relaciones entre personajes primaban por encima del trasfondo fantástico y futurista, aquí se centra algo más en el aspecto puramente palomitero aunque sin dejar de lado cierto trasfondo de denuncia social –las enormes diferencias entre clases sociales, marcadas físicamente por aduanas que delimitan los ghettos más desfavorecidos- con ciertos ecos de lo que sucede hoy en día en la vida real –los bancos como entidades sin escrúpulos capaces de absorberte, literalmente, la vida- .

Así, tras una primera media hora en la que importa más dónde y cuando estamos que con quién, el espectador se encontrará de pronto corriendo de un lado a otro junto con los imberbes Justin Timberlake y Amanda Seyfried, secuestrador y rehén al principio, cómplices después en una serie de asaltos contra el sistema al más puro estilo Bonnie & Clyde para luego repartir el botín –tiempo extra de vida- entre los más necesitados, como si de unos neo-Robin Hood se trataran.

In time, -o El precio del mañana, como muy acertadamente la han titulado nuestros compadres sudamericanos- como puro y duro entertainment, repite algunos de los tópicos ya manidos en el cine de acción y aventuras –ese sheriff o guardián del tiempo que persigue a los fugitivos cual sabueso insaciable; ese noble egoísta y deshumanizado capaz de matar de tiempo a sus plebeyos- dentro de un entorno visual efectivo pero ya visto en la soberbia y ya citada Gattaca. Sin embargo, ello no es obstáculo para disfrutar de una cinta que consigue mantener el interés durante todo su metraje, salpicado además por algunos excelentes momentos –p.ej, la angustiosa carrera contrarreloj de Timberlake y su madre Olivia Wilde– . Quizá, con el tiempo, le encontremos aún más méritos a esta película –como ya sucediera por ejemplo con El show de Truman (Peter Weir, 1998) , escrita por Niccol, una cinta discreta en su estreno pero que ha mejorado con los años, demostrando que se adelantó a su tiempo- , pero por el momento no está mal disfrutarla como notable entretenimiento navideño.

Recomendado para devotos del thriller futurista.

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