Margin Call

El final de la cuenta atrás.

Confieso que me ha costado bastante sentarme a escribir sobre Margin Call, porque, seamos sinceros: con la que está cayendo, ¿a quién puede interesarle otra película sobre la crisis financiera a escala planetaria que azota a todo hijo de vecino desde hace ya unos cuantos años? Quien vaya al cine como vía de escape a la dolorosa realidad cotidiana se sentirá más tentado de zamparse un cartón de palomitas viendo a vaqueros peleando con marcianos o a amiguetes de medio pelo de resacón por Tailandia antes que a brokers y demás tipos trajeados decidiendo el destino del capitalista mundo occidental. ¿O no?

Pero Hollywood no es ajeno a la actualidad social, y así, en los últimos meses, han desfilado por nuestras carteleras, con mayor o menor fortuna, diferentes visiones e interpretaciones de todo tipo, género y condición sobre este tema, ya fuese en formato documental –La doctrina del shock (Matt Whitecroos y Michael Winterbottom, 2009), Inside Job (Charles Ferfuson, 2010)- o narrativo –The Company Men (John Wells, 2010)- . Ahora, como decíamos, es el turno de Margin Call, que intenta dar una explicación al origen de todo este embrollo económico.

Digo intenta porque el debutante J. C. Chandor ha logrado realizar un retrato frío, duro e implacable sobre el mundo de las finanzas a través de una historia que abarca las últimas 24 horas de una ¿ficticia? multinacional de Wall Street, desde que descubren un gran pufo en sus cuentas –curiosamente, el mismo día que han echado a la calle a medio millar de trabajadores precisamente para mantenerse a flote- hasta que se ven abocados al desmantelamiento inmediato. Todo un logro… si el respetable consigue enterarse de algo. Es normal que los personajes hablen con toda naturalidad empleando términos propios del mundo financiero –con un vocabulario que al espectador medio quizá le cueste seguir- ; pero sin duda de lo que adolece Margin Call es cierta calidez en sus personajes, algo que identifique o logre la empatía del público para poder engancharse con cierto interés al conflicto que estos sufren. Ni un hierático Zachary Quinto –me transmite más como joven Mr. Spock que aquí- , ni un convincente pero monocorde Paul Bettany, ni una gélida Demi Moore ni un Simon Baker repitiendo sus ticks de televisivo mentalista. Los siempre eficaces Kevin Spacey y Stanley Tucci son los únicos que aportan algo de dimensionalidad humana a sus personajes, por encima de los tópicos que estos a priori pudieran arrastrar –el primero, como director de planta más afectado por la muerte de su perro que por haber dejado en la calle al 80 % de su plantilla (¡!); el segundo, como cincuentón veterano a quien dan la patada de manera indiscriminada a pesar de haber dedicado más de media vida a la empresa- .

La sombra de Glengarry Glen Ross es alargada. Lo digo porque de manera constante, durante toda la proyección, me estuve acordando de la sublime obra de David Mamet llevada de manera magistral al cine por James Foley en 1992 -y que hace un par de temporadas volvió a los escenarios españoles de la mano de  Daniel Veronese y un excepcional elenco de actores en estado de gracia- ; allí también se hablaba de crisis, de despidos, de ese implacable mundo de compras y ventas en el que uno era tiburón o presa. Sin concesiones. Sin amigos. Pero Glengarry funcionaba maravillosamente bien porque uno comprendía las motivaciones de los personajes, fuesen o no éticas, lo que los hacía físicos, tridimensionales… reales. Margin Call, a pesar de sus buenos mimbres –un reparto de lujo, un libreto serio y riguroso, una puesta en escena eficaz- , queda como una curiosidad ya histórica para aquellos entendidos en la materia. El resto nos quedaremos con mucha información pero poco clara de cómo empezó todo este monumental lío para, a continuación, salir a la calle y volver a darnos cuenta de que lo que acabamos de ver, en realidad, no es ficción.

Recomendado para entendidos en materia económica y bursátil.

One Reply to “Margin Call”

  1. La vi anoche. Tengo que reconocer que yo sí conseguí conectar, pero gracias a una escena inicial: Quinto y su compañero ven cómo van llamando uno a uno a compañeros que están a su alrededor para darles la patada, y esa sensación de “puede que hoy me toque a mí”… Personalmente, desde hace cosa de un año, vengo viviendo de primera mano esa escena, de forma idéntica, cada tres o cuatro meses. No es ninguna exageración, lo hacen así. Y en principio mi empresa no tiene nada que ver con finanzas…

    De ahí para adelante, sí que me fue fácil implicarme. Lo del perro… francamente, creo que es una metáfora, e incluso facilona. Lo que muere es el estilo de vida capitalista, y el drama viene de saber que son ellos mismos los que no han hecho todo lo posible, yo creo. Supongo que habrá quien saque otras interpretaciones.

    Lo que sí la encontré yo a la película es bastante plana. Eché en falta alguna progresión, que de alguna manera el conflicto fuera de menos a más. Lo que se viene llamando “ritmo”, ¿no? Algún tipo de in crescendo… En ese sentido sí pincha: lo que cuentan es interesante, pero no lo cuentan de manera que atrape especialmente.

    Y qué grande es Stanley Tucci. 🙂

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