Micmacs. Un plan de locos

Buenas intenciones.

Con casi dos años de retraso llega a nuestro país la última, intraducible e inclasificable obra del francés Jean Pierre Jeunet, quien, como recordaréis, vivió su mayor éxito de crítica y público a principios de este siglo gracias a Amelie (2001).

La película sigue el estilo inconfundible y arrebatadoramente visual que caracteriza toda la filmografía de Jeunet, y que le ha fraguado un grupo de seguidores a su cine tan heterogéneo, dispar y numeroso como pudiese ser el de sus detractores. A decir verdad, yo en este tema me mantengo como Suiza: completamente neutral. Reconozco que la ya citada fábula romántica de la insólita camarera parisina anteriormente nombrada me encandiló, y que su anterior película a la que hoy nos atañe, Largo domingo de noviazgo (2004), tenía muchísimas más virtudes que las de los resultados en taquilla reflejaron. Pero, sin embargo, las muy reputadas Delicatessen (1991) o La Ciudad de los Niños Perdidos (1995) las encuentro tan hipnóticas, asombrosas y visionarias desde todos los aspectos técnicos como francamente mejorables desde el punto de vista del guión, cuyos planteamientos originales y genuinos no terminaban de desarrollarse en un tempo adecuado –daba la impresión de que preocupaba más el cómo contar la historia que la historia en sí misma- . De aquella chorrada de encargo hollywoodiense de título Alien. Resurrección (1997), mejor ni hablamos…

Aquí, en Micmacs, nos encontramos nuevamente con una historia fuera de todo conformismo, ya sea desde el punto de vista de los personajes –un pintoresco grupo de traperos sin hogar encabezados por Danny Boon- , la trama –una rebuscada, pero eficaz, fábula sobre la venganza- , la composición de las imágenes o el montaje final de la obra. Y aunque todos los elementos son por sí mismos un claro y nuevo ejemplo de la desbordante imaginación de su director –que le hermanan, ya definitivamente, con otros cineastas como el norteamericano Terry Gilliam- , lo cierto y verdad es que para quien esto suscribe el conjunto final no deja de ser una entretenida pero poco trascendente demostración de ilusionismo cinematográfico con cierta moralina final.

Una vez más, Jeunet echa mano de unos personajes nada estereotipados que quizá uno por uno tampoco tuviesen demasiada trascendencia –y que nos recuerdan, en versión más amable, a los componentes de aquel circo de freaks de La parada de los monstruos (Tod Browning, 1932)- , pero que juntos forman un simpático grupo salvaje que trae de cabeza a dos temibles corporaciones dedicadas a la fabricación y venta de armas al por mayor. Esta extraña mezcla de todos los elementos que acabo de enumerar hacen que Micmacs se mueva erráticamente entre la comedia y el drama, entre la trascendencia y el absurdo, entre el espíritu de Persépolis y el aire mortadelo de Javier Fesser, mostrándose finalmente como un mero entretenimiento lleno de buenas intenciones.

Recomendado para degustadores de fábulas modernas.

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