El artista y la modelo

Del hastío a la indiferencia.

Fernando Trueba es uno de esos cineastas de los que, personalmente, nunca sé lo que me puedo esperar. A veces es osado, intuitivo, tenaz y brillante: ahí está la que considero su obra maestra hasta la fecha, La niña de tus ojos (1998) –de la que, por cierto, ya se ha confirmado una inminente secuela- , o su acertadísima incursión en el mundo de la animación de la mano de Javier Mariscal y Tono Errando, Chico & Rita (2010). Otras veces, patina en el intento, pero al menos su pulso firme como realizador te deja un buen sabor de boca aunque el resultado no sea pleno –caso de El baile de la Victoria (2009) o la sobrevaloradísima Belle Epoque (1992), por mucho Oscar que tenga de por medio- ; y otras, definitivamente, naufraga en sus aspiraciones tanto artísticas como comerciales –la indescriptible El sueño del mono loco (1989) o la olvidada El embrujo de Shanghai (2002)- . Y, la verdad, siendo sincero con vosotros y conmigo mismo, debo colocar a El artista y la modelo en este último grupo…

Ya desde la primera secuencia, en la que vemos a un silente Jean Rochefort paseando por el bosque, el espectador se prepara para lo que vendrá a continuación durante casi toda la proyección: una película muy contemplativa, de ritmo lento y pausado, con apenas unos pocos personajes y sin más diálogos que los estrictamente necesarios. Ni siquiera Trueba se apoya en la música: la brisa, los pájaros, la naturaleza o la rugosa caricia del lápiz sobre el papel son las principales notas que acompañan a esta joven huida de la Guerra Civil española –Aída Folch– durante el tiempo que acepta el refugio del viejo escultor –Rochefort- a cambio de que pose para él como modelo para su nueva obra escultórica. Un estilo narrativo que sirve a una historia que apunta hacia muchas direcciones, que quiere tocar muchos palos –el paso del tiempo, la inevitable vejez, la efímera juventud, los conflictos bélicos, el amor platónico- , pero que no profundiza en casi ninguno de ellos, quedándose a medio gas en la mayoría y pasando casi de puntillas por el resto. Planteamientos más que interesantes –el maqui herido que busca refugio, el soldado alemán afable y culto, el despertar sexual de la pandilla de prepúberes- se quedan casi en el tintero, quedando como episodios anecdóticos que van salpicando el día a día del anciano y su musa.

el-artista-y-la-modeloTrueba quiere ser Godard, quiere ser Truffaut, quiere recuperar la esencia y el espíritu de la nouvelle vague… pero, obviamente, ni estamos en los sesenta ni logra ir más allá de una mera curiosidad casi casi teatral –casi toda la historia se desarrolla en un único escenario, el estudio del artista- . Si a esto le añadimos un doblaje manifiestamente mejorable –la película, no lo olvidemos, está rodada originalmente en francés- , una fotografía excesivamente pura y nítida –en un blanco y negro sin apenas contrastes ni grano- y un final tan dramático como desconcertante, nos encontramos, a mi juicio, ante una de las propuestas más plomizas y desilusionantes que nos ha dado el cine español en los últimos tiempos.

Quizá esté siendo injusto y sea cosa mía, que no he sabido captar la poesía de la película. Quizá. Pero en una sala de casi cien butacas éramos dos espectadores. Y mi compañera no se llevó mejor impresión. Significativo, ¿no?

Recomendado para cinéfilos fácilmente impresionables.

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