Elefante blanco

Algunos hombres buenos.

Tras huir de una cruenta matanza en un pequeño poblado del Amazonas, el padre Nicolás (Jérémie Reinier) llega a Buenos Aires para ayudar en una villa, una de las barriadas más pobres del país, donde su antiguo mentor y protector el padre Julián (Ricardo Darín) lleva más de una década intentando levantar el lugar, acabar con la situación de extrema pobreza y marginalidad y sobre todo, luchando con todos sus medios contra las barreras de la burocracia de los poderosos que día sí, día también, prometen mucho pero no hacen nada.

Pablo Trapero, director de Leonera (2008) o Carancho (2010), retrata en esta su última película –hasta ahora, a la espera de que llegue la coral 7 días en La Habana (2012)- una realidad dura, violenta y cotidiana que asola a las grandes urbes de Argentina, en especial su capital, haciendo que el espectador mire a través de los ojos y las emociones del personaje de Nicolás, y que poco a poco nos va descubriendo una tragedia silenciosa y brutal de la que casi nunca se hacen eco los medios de comunicación. Es loable, por tanto, la labor divulgativa y el tono de denuncia con el que nace este film; además, Trapero no lo hace con medias tintas, y sin caer en el morbo de la violencia gratuita, la dureza implícita que hay en todas y cada una de sus secuencias es capaz de remover las conciencias más férreas, esas que prefieren mirar para otro lado o cambiar de canal en los informativos.

Se nota el pulso firme del director también en esos larguísimos pero muy dinámicos, y sobre todo veraces, planos secuencia con los que ilustra gran parte de la narración –la bajada por las escaleras hasta la iglesia, el enfrentamiento final con el policía- , y que demuestra su dominio no sólo del tempo y el encuadre, sino de la dirección de actores, desde los que encabezan los créditos hasta todos y cada uno de los secundarios y figurantes, muchos de ellos habitantes reales de estas villas sin ninguna experiencia artística previa.

Ricardo Darín y Jérémie Renier en ‘Elefante blanco’

Sin embargo, y a pesar de que, como digo, es sano y loable que alguien se atreva a mostrarnos no sólo el día a día de este brutal drama –donde no faltan el trapicheo de drogas o los violentísimos enfrentamientos entre bandas- sino a denunciar la pasividad de los poderes fácticos –desde el Gobierno hasta los altos estamentos de la Iglesia- , el guión de Elefante blanco no termina de cuajar del todo: y es que durante toda la proyección tuve una extraña sensación de déja vu, como de que ya me conociera el drama y las motivaciones de los personajes: no pude dejar de pensar en La misión (Roland Joffé, 1986) o en Ciudad de Dios (Fernando Meirelles, 2002), dos clarísimas referencias directas de donde bebe este libreto -escrito a ocho manos por Alejandro Fadel, Martín Mauregui, Santiago Mitre y el propio director- , que además, está ligeramente salpicado de elementos que escapan a mi humilde comprensión –el hecho de que el personaje de Nicolás sea belga parece algo aleatorio, y la relación de éste con Luciana (Martina Gusman) es demasiado tópica- y que, a mi juicio, le terminan restando algunos puntos a la película.

Quedémonos, pues, con su valor social y didáctico, imperfecta como obra cinematográfica, sí, pero valiente, decidida y necesaria como llamada de atención sobre una tragedia lamentablemente común, cotidiana y callada en este país latinoamericano.

Recomendado para degustadores del realismo social.

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