La invención de Hugo

La magia del cine.

Resulta cuando menos curioso que la casualidad haya querido que dos películas a la vez tan iguales y tan diferentes como The Artist y La invención de Hugo se hayan cruzado en la cartelera. Ambas son apasionadas y sentidas cartas de amor al cine, además de verdaderos homenajes a los pioneros del Séptimo Arte, ambas están ambientadas en una época similar –finales de los años 20, década de los 30 del pasado siglo- y ambas, desde la pura ficción, nos dan una pequeña lección de Historia apta para todos los públicos, y no solamente para los más sesudos cinéfilos. Y, curiosamente, ambas se ambientan en lados opuestos del Atlántico –la francesa se desarrolla en Hollywood; la americana, en París- . Pero evidentemente hay grandes diferencias entre ambos films, y, aunque las comparaciones siempre sean odiosas, en este caso son inevitables. Y para quien esto escribe, la cinta de Hazanavicius gana a los puntos.

Como digo, La invención de Hugo tenía todos los elementos para erigirse como una gran película de cine dentro del cine: un argumento con ciertas dosis de imaginación y fantasía –sobre todo cuando pone al espectador en el punto de vista de los niños protagonistas y lo que imaginan que ese fabuloso autómata podría llegar a hacer… o a transmitir- , un elenco sólido y competente y un ritmo narrativo apasionante. Y aunque, sí, la he disfrutado, no he podido evitar encontrarle ciertos fallejos que, como digo, en otras circunstancias quizá habría pasado por alto, pero que en esta ocasión, mi subconsciente me decía, de manera casi automática: “esto en The Artist no ocurría”.

Pase que la película tenga algún que otro fallo de raccord –hasta el mejor escribiente echa un borrón- . Pase que los distribuidores españoles se hayan sacado eso de “la invención” de la manga –más que nada, porque ni está en el título original ni el protagonista inventa nada- . Pase porque Scorsese parezca querer ser menos Scorsese y más Jean-Pierre Jeunet –no sólo por esa fascinación/obsesión por engranajes, mecanismos y cachivaches varios, sino por ese ramillete de pintorescos secundarios a lo Amelie (2001), pero sin el innato encanto de éstos, y que protagonizan algunas tramas secundarias que poco tienen que ver con la narración principal- . Pero… emplear técnicas y herramientas digitales propias del siglo XXI para ambientar una historia desarrollada hace setenta u ochenta años, me desconcierta. Y no, no estoy hablando –otra vez- del tan cacareado 3D –yo no la ví en formato estereoscópico, aunque me han dicho que está muy bien- , sino de esos planos imposibles, esos movimientos de cámara, esos fondos y decorados generados por ordenador… que a mí me desconciertan, me sacan de la película, me da menos credibilidad, menos empaque, y demasiada arificiosidad a la historia que me están contando. En otras palabras -y volviendo a las odiosas comparaciones- : en The Artist me creí estar en el Hollywood de finales de los años veinte. Aquí, no.

¿Quiere decir esto que, a partir de ahora, todas las películas ambientadas hace cien años han de ser obligatoriamente mudas y en blanco y negro? Hombre, pues no, tampoco hay que pasarse, ni convertir una virtud puntual en una moda pasajera. Y estoy seguro de que, con los años, La invención de Hugo se convertirá en un pequeño clásico familiar, imperfecto, sí, pero cuyo valor sobre todo pedagógico le hará ganarse un huequecito en nuestra memoria.

Recomendado para cinéfilos y soñadores.

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