La vida de Pi

Criaturas celestiales.

No sé si en un afán por adornar de cierta benevolencia solidaria su naturaleza frívolamente industrial y económica, o si es mera casualidad, cada cierto tiempo Hollywood lanza al mundo una película de esas que trata de reconciliar a la especie humana con nuestro pequeño –y muy maltratado- planeta. A veces, la propuesta se viste de cine documental –ahí están, como ejemplos más recientes, Nómadas del viento (Jacques Perrin/Jacques Cluzaud/Michel Debats 2001), El viaje del emperador (Luc Jacquet, 2005), o Tierra (Alastair Fothergill/Mark Linfield, 2007)- ; otras, son cineastas de cierto prestigio popular los que nos aleccionan sobre nuestro (mal) comportamiento con nuestros congéneres de los bosques, las selvas o los océanos, aunque casi siempre estas propuestas desde la ficción nos dejan cierto sabor a reconciliación con la madre naturaleza tras una más que merecida regañina.

El taiwanés Ang Lee es quien firma esta última propuesta, y lo hace además yendo un poquito más allá, pues al claro mensaje ecologista de La vida de Pi le ha sumado grandes dosis de humanismo y, sobre todo, espiritualidad: la odisea del joven protagonista obligado a convivir con un feroz tigre de bengala en una balsa tras un naufragio es, sobre todo, una prueba de tintes innegable y explícitamente bíblicos, pues no sólo se pone a prueba su supervivencia, sino también su fe en las múltiples religiones que profesa (!)…

Todo en este film es puro simbolismo: desde la propia travesía del muchacho y el felino –que podrían recordar al mito griego del Hades, en el que los muertos han de cruzar en una barca hacia el otro mundo- hasta esa extraña isla flotante de la que el protagonista decide huir tras coger un fruto (¿prohibido?) de un árbol y sospechar que ese Paraíso podría tener trampa… todas las escenas, además –desde las más realistas a las más explícitamente oníricas- tienen un look casi irreal, celestial, donde incluso a veces cielo y mar parecen confundirse. Por lo que, una vez finalizado el relato, uno no puede evitar preguntarse: ¿ha sido todo una extraordinaria aventura o los desvaríos de un náufrago solitario y agónico?

lavidadepiLee y su alter ego en la pantalla nos dejan abiertas ambas posibilidades –sin tener por ello reparos en posicionarse a favor de la más extraordinaria y maravillosa por encima de la más convencional- , logrando así que el espectador más complaciente se vaya con un buen sabor de boca, convencido de la bondad innata de todos los seres vivos y, en el mejor de los casos, reconciliado con su propio espíritu. Para quien esto escribe, La vida de Pi es tan sólo una entretenida fábula que, además de estar basada en una novela de Yann Martel, está trufada de no pocas referencias literarias –desde El libro de la selva de Rudyard Kipling al Robinson Crusoe de Daniel Defoe, pasando por Colmillo blanco de Jack London- e incluso cinematográficas –inevitable no acordarse de Slumdog Millonaire (Danny Boyle, 2008)- cuyo previsible guión a base de flashbacks nos impide sentir inquietud alguna por el protagonista –pues es él quien nos cuenta su historia, en primera persona, desde la edad adulta- y que flaquea en algunos detalles –si los personajes son hindúes que viven en la India francesa, ¿por qué hablan en inglés y no en su lengua materna? ¿dónde están los restos de los animales que también llegan al bote salvavidas?- ; patinazos, a mi entender, demasiado evidentes y que me hacen ver el reciente Oscar a su director como un premio más que excesivo por un film tan amable y vitalista como efímero.

Recomendado para espectadores fácilmente impresionables.

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