Luces rojas

Charlatanes, superchería y poderes extraordinarios.

Fundido a negro y un enorme rótulo que reza “a Rodrigo Cortés film” inunda la pantalla. Se encienden las luces –no rojas, precisamente- . Comienza el goteo de espectadores que van abandonando la sala, escaleras abajo. Yo me quedo ahí, en mi butaca, ciertamente desconcertado, y es entonces cuando lo que decía Johnny Depp cuando encarnó a Ed Wood (Tim Burton, 1994) cruza por mi mente: “soy guionista, productor, director y protagonista de mis películas, y sólo hay dos personas en el mundo capaces de hacerlo: Orson Welles y yo”.

Hay quien a finales del siglo pasado y primeros años del presente quiso atribuir similar póquer de habilidades a un tal Alejandro Amenábar, y ahora es el aclamado director de Buried (2010) el que parece tomarle el relevo escribiendo, dirigiendo, montando y coproduciendo su nueva película, Luces rojas, esperadísima cinta merced al tremendo éxito internacional de su anterior trabajo y a un elenco encabezado nada menos que por dos grandísimos veteranos como Sigourney Weaver y Robert De Niro. Y me da a mí que tal acumulación/acaparamiento de tareas, es realmente el lastre que deja en la retina una obra, por otra parte, de impecable factura.

Luces rojas trampea con ciertos trucos y elementos del cine de género para mantener vivo el interés del espectador, incapaz de apartar por un segundo la vista de la pantalla. Hacia la mitad de la proyección, hay un momento dramático que produce una verdadera fractura dentro de la película, ya sea en la trama como el género, la atmósfera y el desarrollo de los personajes; es como si hubiera dos historias clara y notablemente diferenciadas, como si la primera hora de metraje poco tuviese que ver con la segunda. Esta es un arma de doble filo: puede fascinar pero también descolocar al espectador, dejándole perdido en un contexto que desconoce por completo. Bien es cierto que, al final, y dentro de que nos encontramos en un marco fantástico y sobrenatural, Cortés ha sabido darle a todo el conjunto una cierta coherencia narrativa –se entiende y se comprenden las motivaciones del personaje de Cillian Murphy– , pero, si damos tres pasos hacia atrás para no sentirnos hechizados por la impresionante puesta en escena, para poder ver el conjunto con perspectiva, nos daremos cuenta, sin demasiado esfuerzo, que, como el propio protagonista relata en cierto momento de la película, el truco de magia estaba en hacernos mirar para otro lado.

Así, uno se percata de que elementos inquietantes e inexplicables –focos que estallan, aves que se estrellan contra las ventanas, este ecléctico careo entre Murphy y De Niro en una extraña habitación con sal en el suelo y toallas en una caja fuerte (¡)- no son más que, en realidad, simples juegos malabares de manipulación para que al final, en un giro triple salto mortal a lo Shyamalan, se nos quiera dejar con la boca abierta con un epílogo tan inesperado como, por otra parte, lógico.

Cortés nos habla de charlatanería, superchería y falsos superpoderes, y de dónde se encuentra el límite entre la credulidad y el verdadero poder de la mente. Y es en esa primera hora de proyección, como digo, donde se encuentran los detalles más poderosos, sutiles y eficaces de la película, cuando se nos propone un análisis forense y científico sobre mitos y creencias populares contemporáneos –los protagonistas son, en cierto modo, caza-fantasmas: se dedican a desenmascarar a curanderos, médiums y demás timadores- . Pero, finalizado el visionado, a uno le da la sensación de que el director ha caído en su propia trampa, que hay más de palabrería y escenificación que de verdadera magia, y que quizás no le habría venido mal que alguien le hubiese dado una segunda opinión respecto al guión o al montaje, por ejemplo.

Luces rojas parece querer ser una hipnótica y fascinante obra de género cuando en realidad es un pequeño truco de prestidigitador callejero: sólo hay que saber mirar para encontrar el engaño. Aplaudamos, eso sí, el loable esfuerzo de esta nueva generación de cineastas patrios –Cortés, Bayona, Kike Maíllo, Chapero-Jackson, etc.- que se arriesgan intentado ir más allá de lo que nuestra raquítica industria nos tiene acostumbrados.

Recomendado para espectadores inquietos.

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