Mi semana con Marilyn

En la cama con Marilyn.

Resulta cuando menos curioso que en las últimas fechas no son pocas las películas en nuestra cartelera cuyo argumento gira, directa o indirectamente, sobre el oficio mismo de hacer cine: The Artist (Michel Hazanavizius, 2011), Drive (Nicolas Winding Refn, 2011), La invención de Hugo (Martin Scorsese, 2011)…

Hoy vamos a detenernos en Mi semana con Marilyn, ópera prima en la gran pantalla del británico Simon Curtis –director, productor y guionista curtido principalmente en la prestigiosa BBC británica- y que para su debut en el mundo del largometraje ha utilizado como base las memorias de Colin Clark, un auxiliar de dirección que a finales de los años cincuenta del pasado siglo trabajó codo con codo nada menos que con Sir Laurence Olivier en la producción de El príncipe y la corista y que, según el propio Clark, durante el rodaje de este film vivió un cálido romance clandestino con la coprotagonista, nada menos que Marilyn Monroe.

Sin entrar a valorar la veracidad o no de su argumento –Clark se negó a sacar a la luz esta historia hasta que, en sus propias palabras, todos los implicados ya hubiesen fallecido- , Mi semana con Marilyn posee algunas cualidades propias del cine británico, que recuerdan a las ya algo lejanas y exitosas producciones de James Ivory: un prestigioso elenco, una puesta en escena de lo más pictórica –con esos caserones victorianos y otoñales bosques que contrastan con la tímida frialdad de platós y decorados- y, sobre todo, un romance imposible.

Pero también peca de algunos defectos, y ahí es donde encuentro más difícil expresarlos. No sabría concretar ni el cómo ni el porqué, pero toda la película emana un cierto aire falso, telefilmero, como si estuviésemos viendo una representación teatral filmada: a los actores no los encuentro naturales –aunque sí eficaces, sobre todo una genial Judi Dench– , hay personajes que aparecen y desaparecen como sin nada -¿qué pinta Toby Jones en toda la función?-  y tanto la trama como la realización son planas, asépticas, sin apenas verdaderos puntos de interés que vayan más allá de la pura y dura curiosidad cinéfila de lo que, insisto, quizá pudo ocurrir entre bambalinas durante tan cacareado rodaje.

Curtis firma una obra entretenida, sí, pero excesivamente sobria, lastrada además por un montaje a mi entender no sólo erróneo, sino incluso hasta torpe y aturullado, algo insólito en una pieza de carácter y aire clasicista. Quedémonos, eso sí, con una muy valiente Michelle Williams –encarnar nada menos que al Mito no lo hace cualquiera- y con un Kenneth Branagh que, tras más de veinte años con el sanbenito colgado de ‘heredero de Laurence Olivier’, por fin se ha convertido, literalmente, en él.

Recomendado para mitómanos empedernidos.

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