Sherlock Holmes: Juego de sombras

Ni juego, ni sombras.

Cuando hace apenas tres años el británico Guy Ritchie –director de Lock & Stock (1998),  Snatch. Cerdos y diamantes (2000), Barridos por la marea (2002) o RocknRolla (2008), entre otras- estrenó su visión/versión postmoderna de las aventuras del inmortal detective de Baker Street, tanto los más acérrimos seguidores del realizador como los más adictos a los MTV Movie Awards aplaudieron a rabiar ante tal derroche de imaginería visual y jovial sentido del humor, mientras que los más puritanos se hicieron cruces y rasgaron vestiduras ante lo que consideraban una tontería del tamaño del Big Ben que poco o nada honraba ni respetaba al personaje creado por Sir Arthur Conan Doyle. Particularmente, debo decir que aunque no tengo prejuicios a la hora de darle una perspectiva diferente a una obra clásica –valga en este caso como referencia directa esa juvenil y entretenidísima El secreto de la pirámide (Barry Levinson, 1985)- , confieso que me acerqué no sin cierta cautela a este neo-Sherlock Holmes fílmico, pero para mi grata sorpresa me encontré con una cinta más estimulante, entretenida, divertida y simpática de lo que a priori me esperaba, un blockbuster intrascendente, sí, pero al menos honesto –no era más que un jocoso cómic a veinticuatro fotogramas por segundo, y no pretendía ser otra cosa- y con ganas de hacernos pasar un buen rato de cine palomitero post-navideño.

La jugada, como suele ocurrir en estos casos, salió redonda: 90 millones de presupuesto invertidos para una recaudación global de más de 500 millones, lo que la convertía automáticamente en nueva franquicia de entretenimiento para la casa Warner y se daba luz verde a una secuela a la de ya.

Robert Downey Jr. y Jude Law en ‘Sherlock Holmes: Juego de sombras’

Así, nos llega este Juego de sombras, que retoma los personajes donde acababa la anterior aunque con una trama y una historia completamente independientes, en una película que, lamentablemente hay que decirlo, no sólo se queda muy por detrás de su predecesora –que como ya he comentado estaba bien, pero tampoco era el maná del cine de aventuras- , sino que se rebela como una cinta torpe, confusa e ineficaz: este Sherlock Holmes que encarna un tanto agotado Robert Downey Jr. –ya no se sabe dónde acaba el detective y empieza Tony Stark/Ironman- no es ni concienzudo, ni sabueso, ni ingenioso ni hábil investigador; casi más parece una suerte de extraño adivino –entra en la ópera de París se huele literalmente dónde está la bomba, sin ningún indicio- con clarísimas influencias del Mortadelo de Ibáñez –su disfraz de librería o sillón son tan efectistas como inverosímiles- al que le acompaña su particular Filemón, un doctor Watson de cartón-piedra al que no parece importarle demasiado que su compañero le prive de luna de miel –tras arrojar éste a la esposa de su amigo a un río… ¡desde un tren en marcha!- a cambio de chanantes aventuras por media Europa victoriana, esta vez acompañados de una intrépida fémina –Noomi Rapace, la Lisbeth Salander original- tras los pasos de un eficaz Jared Harris como malvado profesor Moriarty, el villano de la función…

Los actores, y los espectadores con ellos, vagamos sin rumbo claro por una enrevesada trama de conspiraciones gubernamentales salpicada de ruidosas explosiones, y echamos de menos algún misterio, enigma o rompecabezas que nos recuerde que sí, que efectivamente estamos en una aventura de Sherlock Holmes -¿dónde está el juego al que alude el título?- ; pero lo único que hallamos son excesivos flashbacks explicativos –¿estilo narrativo propio o parcheos de guión?- , combates cuerpo a cuerpo a cámara súper-lenta –un recurso ingenioso en la primera entrega, pero que aquí se vuelve agotadoramente repetitivo- , efectos especiales a lo Matrix –ese larguísimo tiroteo en el bosque, un cruce entre cierta escena de Intacto (Juan Carlos Fresnadillo, 2001) y la citada peli de los hermanos Wachowsky- y un final un tanto efectista que no viene sino a refrendar lo que todos ya suponíamos y que, merced a cierto eslogan deportivo publicitario, tanto hemos oído durante las últimas semanas: no habrá dos sin tres.

Recomendado para públicos conformistas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s