Troll Hunter

Vuelta la burra al trigo.

Eso es lo que decía una profesora que tuve de Lengua y Literatura, una de esas coletillas que, a base de repetirlas, se nos quedó en el vocabulario a un buen puñado de alumnos. Hacía referencia esta buena mujer a todas las veces en las que uno de nosotros caía una y otra vez en el mismo error lingüístico, sin pararse a mirar lo que estaba haciendo o diciendo en una prueba oral o en un examen escrito. ‘Vuelta la burra al trigo’. Hoy me apropio yo de esta graciosa muletilla para hablar de un nuevo título dentro de la sección de cine inédito, una película tan previsible como desesperante: Troll Hunter, o Trolljegeren en el original nativo o, si se prefiere castellanizarlo, El cazador de trolls. Ahí es nada.

De la recóndita y alejada Noruega –seamos sinceros: ¿cuántos títulos de esta filmografía llegan cada año a Europa Occidental o al mercado internacional?- proviene esta cinta que, como la recientemente comentada Apollo 18 (Gonzalo López-Gallego, 2011), como [REC] (Jaume Balaguerón & Paco Plaza, 2007), como Paranormal Activity (Oren Peli, 2007) y junto con todas ellas, como la original –en su momento- El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick & Eduardo Sánchez, 1999) –aunque recordemos que estos chicos tampoco inventaron la rueda; recordemos la italiana Holocausto caníbal (Ruggero Deodato, 1980)- , basa toda su gracia en querer vendernos un producto de pura y dura ficción como si fuese real, verídico, material propio de un documental. Es decir, que las herramientas son las habituales: mucha cámara en mano –cuanto más nerviosa e inestable, mejor- , nada de iluminación artificial –salvo la que dan los propios elementos naturales de la escena: faros de coches, linternas o la luz de la luna- , un puñado de actores desconocidos y un montaje atroz porque, se supone, las imágenes las vemos en bruto, sin tratar ni procesar.

A estas alturas del siglo XXI, alguien debería decirles a todos estos nuevos realizadores que van surgiendo a lo largo y ancho de este pequeño mundo que la fórmula ‘brujadeblair’ está más que agotada, que el espectador medio no se traga este falso cinema verité de nuevo cuño, y mucho menos cuando se nota a la legua que el director se ha preocupado más por el fin que por los medios, y todos sabemos ya que lo primero no justifica lo segundo. En la película que hoy nos ocupa, no tenemos ni antiguas leyendas rurales, ni infecciones zombies ni casas encantadas; esta vez, la supuesta originalidad nos viene dada por un grupo de jóvenes estudiantes -¿de periodismo? ¿de imagen?- que, a modo de actividad extraescolar, filma un reportaje sobre los cazadores furtivos del norte de Noruega, y que, tras unas pocas entrevistas a ciudadanos, guardabosques e incluso algún que otro cargo político, echan el ojo a un huraño y solitario hunter, y deciden seguirle convencidos de que van a pillarle con las manos en la masa, cuando, en realidad, el tipo en cuestión se dedica a cazar gigantescas y monstruosas criaturas que viven ocultas en bosques y montañas…

'Troll Hunter'Como digo, basándonos en el supuesto de que el espectador entre en este ‘juego de la verdad’ que propone la cinta –risible, por otro lado- resulta harto cansino que siempre se juegue con las mismas situaciones, la misma pretendida tensión y los mismos elementos dramáticos, por así llamarlos, que de tan (re)conocidos y repetitivos son casi como un plomizo calco de los títulos anteriormente enumerados. A eso hay que añadirle unos protagonistas sin carisma ninguno –el propio trollhunter pasa de ser un interesante lobo solitario, arisco y desconfiado, a un simpático trampero con aire de profesor en un visto y no visto- , un guión que no se sostiene –una vez encontrado el primer troll, el resto de la película es una concatenación de búsquedas de más monsters, y da la sensación de que no va a ninguna parte- , excesivas trampas en el montaje –porque sí, hay edición, que canta sobre todo hacia el último tercio de la película, y no se molestan ya en disimularlo-y, lo que es peor, unos efectos especiales de saldo –con unas criaturas de look ochentero que parecen sacadas de Dentro del Laberinto (Jim Henson, 1986) o de la televisiva Freggle Rock- que convierten la película en un chiste de mal gusto.

Quedémonos con el recuerdo de alguna aislada escena acertada –la huída en coche por debajo de las patas del gigantesco troll final está de lo más lograda- y la posibilidad de poder contemplar fiordos y glaciares desde la comodidad de nuestra butaca; pero mucho me temo que la cinematografía escandinava aún tiene un largo y tortuoso camino para hacerse hueco más allá de sus propias fronteras, y que la solución no pasa, precisamente, por fotocopiar estilos y medios que ya hace tiempo que no dan más de sí.

Recomendado para aficionados al fantástico cutre.

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