Caníbal

Un lobo con piel de cordero.

Pasados los primeros diez minutos de metraje, uno podría pensar que este Caníbal, al que tan eficazmente encarna Antonio de la Torre, es un primo lejano del mítico Hannibal Lecter. Más modesto y menos refinado que el psiquiatra que encarnara Anthony Hopkins, este sastre granadino, sin embargo, prepara con la misma meticulosidad esos filetes humanos que celosamente guarda en su nevera y que le sirven de cena al final de cada jornada. Otro detalle que nos evocará a la recordada El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991): en aquella, un psicópata llamado Buffalo Bill secuestraba mujeres para desollarlas y coser sus pieles. Aquí, nuestro protagonista también se alimenta sólo de féminas, y emplea las tijeras y la tricotadora sólo para sacar adelante su vetusta sastrería… de telas y trajes.

¿Es por tanto esta cinta una versión más castiza de la novela de Thomas Harris? No, en realidad aquí acaban las aparentes similitudes. De hecho, mientras que Lecter era un amante del arte con una mente locuaz y brillante, Carlos/De la Torre es callado, reservado, introvertido y conformista: su vida se reparte entre su austero negocio y su apartamento minimalista. Ah, y esa cabaña en la montaña a donde lleva sus víctimas. Pocos escenarios, muchos menos personajes –sólo tres o cuatro con una cierta relevancia- y apenas un puñado de diálogos. Esto le confiere a la película de Manuel Martín Cuenca un ritmo muy pausado, en el que las miradas y los silencios aportan mucho más que las palabras. ¿Tediosa? No, no diría eso: el magnetismo que desprende el asesino, así como el incierto futuro de quienes le rodean en su aburrida cotidianidad, te atrapan desde la primera escena, y uno permanece atento a la pantalla deseoso de saber cuál será el siguiente movimiento de este astuto y silencioso depredador. Unas virtudes de las que carecía, lamentablemente, la también reciente La herida (Fernando Franco, 2013): como ya comenté en su momento, allí los silencios asfixiaban a unos personajes –y al espectador- que callaban porque no tenían nada que decir.

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Antonio de la Torre, ‘masterchef’ alternativo.

Caníbal es, por tanto, una película no apta para públicos inquietos, de esos que igual se acercan buscando, erróneamente, un psicothriller de persecuciones, crímenes y asesinatos. Aquí es todo más sutil y atemporal -no hay elementos tecnológicos que sugieran una época concreta en la que se desarrolle la trama- , reposado, con mucho cuidado y mimo por el detalle y muy pocas cosas evidentes. Sobresalen no sólo ambos protagonistas –Olimpia Melinte, todo un descubrimiento- , sino la fotografía tenebrista y áspera de Pau Esteve Birba y dos o tres secuencias terroríficas –no me puedo quitar de la cabeza el prólogo o la escena de la playa- , de las más espeluznantes que haya dado nuestro cine.

Recomendado para gourmets del terror psicológico.

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