Efectos secundarios

Sexo, mentiras y píldoras antidepresivas.

Es imposible sentarse a hablar de Efectos secundarios sin hablar de su director, Steven Soderbergh. El realizador quien con apenas veintitantos años triunfara en Cannes con Sexo, mentiras y cintas de vídeo (1989) y galardonado con un Oscar como Mejor Director con Traffic (2000) –incomprensible que no ganara también el premio a la Mejor Película, que fue a parar a… Gladiator (Ridley Scott, 2000)- , anunció hace unos meses, y tras varios amagos en el pasado, que este psicothriller algo paranoico sobre la industria farmacéutica sería definitivamente su último trabajo para la gran pantalla. Al parecer, los motivos son tan vagos como inconcretos: se ha “cansado de hacer cine” (sic) y quiere dedicar sus fuerzas a otras artes, como el teatro o las series de televisión –si esto último puede o no considerarse ‘arte’ lo debatiremos otro día…- .

Así pues, debemos afrontar que Efectos secundarios es su particular canto del cisne. Este dato podría predisponernos a contemplar el film con cierta condescendencia, lo cual sería un craso error. La cinta, correcta en todos los sentidos, es sin embargo muy inferior a otras obras que pueblan su filmografía, no ya su soberbio collage acerca del narcotráfico en la frontera méjico-estadounidenses y sus terribles consecuencias, sino su elegante y simpático remake de La cuadrilla de los onceOcean’s Eleven (2001), que dio, eso sí, dos olvidables secuelas- o su más reciente Contagio (2011), crónica hiperrealista sobre un apocalipsis vírico relatado con estilo y eficacia y que pasó injustamente desapercibida para crítica y público.

efectos-secundariosEfectos secundarios es un thriller que, como una muñeca rusa, esconde muchas cosas en su interior; demasiadas para quien esto escribe, y no todas completamente justificadas e hilvanadas. Soderbergh juguetea y manipula al espectador, llevándolo del drama psicológico –la abnegada esposa (Rooney Mara) que cae en una inexplicable depresión tras el excarcelamiento de su marido (Channing Tatum)- al terror más primario y subconsciente –los incomprensibles y violentos ataques de sonambulismo de ella- , para luego deslizarse por los recovecos del cine-denuncia –las artimañas, poco éticas y casi ilegales, de las grandes corporaciones médicas- y acabar con una intriga policíaca trufada de plausibles sospechosos, falsos culpables, y turbias relaciones sexuales, elementos estos últimos que hubieran hecho las delicias del maestro Hitchcock pero que, ya avanzado el tercer acto de la película, se nos hacen demasiado ilógicos y rebuscados.

A los ya mencionados Mara y Tatum les acompañan Jude Law y Catherine Zeta-Jones, siempre eficaces, que en sus particulares duelos interpretativos componen los momentos más brillantes de una película con muchos alicientes pero demasiado desperdigados, cuya sobria eficacia no esconde una constante sensación de déjà vu que nos deja un regusto algo irregular. No está mal, pero tampoco destaca en exceso.

Recomendado para aficionados a las intrigas detectivescas.

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