Grand Piano

Un Hitchcock desafinado.

Un reputado pianista (Elijah Wood) regresa tras un exilio artístico de cinco años para dar un gran concierto ante un público exclusivo. Sin embargo, minutos antes del recital, recibe una amenazadora carta anónima: si falla una sola nota tanto él como su mujer serán asesinados.

Excelente punto de partida, no cabe duda, para un relato que habría hecho las delicias del mismísimo Alfred Hitchcock. De hecho, incluso antes de que se estrenara la propia película, mucha gente ya comparaba Grand Piano (2013) con el estilo inigualable del mago del suspense. ¿Injusto? Puede, dadas las altas expectativas que de este modo se crean, pero también es verdad que la cinta supo aprovecharse de este halo, quizá impuesto y no buscado, para tener un rendimiento más que digno a corto plazo en taquilla. ¿Pero qué hay en el fondo? Pues en realidad un efectivo entretenimiento, pero, a decir verdad, con pocas luces y demasiadas sombras: como ya le ocurriera con su anterior obra, Agnosia (2010), lo que le pierde a Eugenio Mira no es su virtuosismo visual ni su ágil narrativa, sino que sus historias están pobladas de personajes de poco calado y trufadas de pequeños detalles inverosímiles que terminan por lastrar al conjunto de la película, amén de que aquí el macguiffin –vuelvo al legado del genial director de Psicosis (1960)- ni es demasiado claro ni mueve nuestro interés…

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Elijah Wood, solo ante el peligro…

Me fallan, principalmente, los personajes. Porque, vamos a ver, ¿necesariamente han de ser tan cargantes la rubia y su alelado acompañante? Ella es una estúpida y él un pusilánime, por lo que, en vez de sufrir o angustiarnos, casi celebramos que sean eliminados a las primeras de cambio –no desvelo nada del otro mundo: desde el principio se huele que son carne de cañón- . ¿El asesino necesita un cómplice? Pues entonces ya no me resulta tan amenazador, y huelga decir que, para exigir a su víctima que no tenga ni un solo fallo, no deja de hablarle –y desconcentrarle- a través de un pinganillo. ¿Por qué desvelar, ya desde los títulos de crédito, el rostro del criminal? Nos pasamos toda la película esperando a que aparezca John Cusack, y claro, cuando por fin hace acto de presencia, no nos sorprende ni intimida –todo lo contrario de lo que sucedía con el inolvidable John Doe de Seven (1995), al que todos recordaréis pero que no nombraré por si todavía hay algún despistado que no ha visto esta obra maestra de David Fincher- .

Entretenida, sí, pero carente de garra, de tensión y de nervio. Ingredientes imprescindibles para cocinar un buen thriller de suspense. Grand Piano juega a ser El hombre que sabía demasiado (1956) pero termina siendo más un Última llamada (Joel Schumacher, 2002) –en la que, por cierto, sí se ocultaba la sorprendente identidad del asesino hasta el último minuto- , donde se da más importancia al efectismo barato –esos vertiginosos movimientos de cámara, esas idas y venidas del protagonista que no despiertan un solo ápice de sospecha entre la platea, ese Alex Winter que nos huele chungo desde el principio, ese juego inverosímil con los teléfonos móviles- que a un desarrollo eficaz de la trama. No aburre, pero tampoco aporta nada nuevo.

Recomendado para espectadores complacientes.

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