Hitchcock

El genio detrás del genio.

Uno de los géneros que más nos ponen a los cinéfilos es aquél que se ha denominado ‘cine dentro del cine’: ¿qué puede ser más apasionante que descubrir los intrincados secretos que esconden la gestación y la producción de nuestras películas favoritas? Revistas especializadas y making-of’s aparte, confesemos que nos gusta ser un poco voyeurs y echar miraditas al otro lado de las cámaras para descubrir que las vidas, ficticias o no, de directores, guionistas, actores y demás equipo técnico detrás de un rodaje pueden ser incluso más interesantes que la de los personajes que recitan sus diálogos en un decorado de cartón-piedra…

Ese mismo voyerismo es el defecto, o virtud, según se mire, de nuestro inconfundible protagonista de hoy. Alfred Hitchcock, alias el ‘mago del suspense’, dejó para la posteridad obras inolvidables como 39 escalones (1935), Recuerda (1945), Encadenados (1946), La soga (1948), Extraños en un tren (1951), Atrapa un ladrón (1955), Vértigo. De entre los muertos (1958), Con la muerte en los talones (1959), Los pájaros (1963), Marnie, la ladrona (1964), Cortina rasgada (1966) y un sinfín más de innumerables títulos, y en todas ellas, sobre todo en La ventana indiscreta (1954) y Psicosis (1960), había un denominador común: el gusto por la mirada clandestina y secreta, a veces con intenciones no muy claras, de sus protagonistas hacia sus congéneres.

Quedémonos con ésta última, ya que es la base de la película que aquí nos atañe. Y aunque se basa en el libro Alfred Hitchcock and the making of ‘Psycho’ –escrito por el articulista Stephen Rebello y publicado por vez primera en 1990- , en realidad este Hitchcock no es ni una biografía del cineasta británico ni un ‘detrás de las cámaras’ de una de sus indiscutibles obras maestras. Más bien es un poco mezcla de ambas cosas, para, al final, hablarnos más bien de Alma Reville, su inseparable esposa, y de cómo su aparentemente perfecto matrimonio a punto estuvo de naufragar merced, sobre todo, a la obsesión del director con su película y con sus jóvenes y rubias actrices –a veces es más que un flirteo: su desdén hacia Vera Miles parece una reacción hacia un rechazo más sentimental que profesional- . Alma calla y mira para otro lado, pero no puede evitar sentirse halagada e incluso revitalizada cuando un guionista más joven que ella parece querer seducirla proponiéndole trabajar juntos en Hollywood, apartados, siquiera levemente, de la enorme sombra que proyecta el genio…

Hitchcock¿Estamos entonces ante un drama sentimental? En buena medida sí, y quizá por ello esta ópera prima en la ficción del guionista Sacha Gervasi –suyos son los libretos de La terminal (Steven Spielberg, 2004) y de Henry’s Crime (Malcolm Venville, 2010), esta última inédita en España- no ha funcionado entre el público tan bien como se podía esperar. ¿Estamos ante una película fallida? Quizá. Si se quiere ver como un ‘así se hizo’ dramatizado, seguramente nos sepa a poco –nos privan, por ejemplo, de revisitar escenarios míticos como casa y el motel de Norman Bates– , a pesar de sus buenos momentos –la filmación de la mítica secuencia en la ducha, Hitchcock dirigiendo a Janet Leigh en su huida nocturna, los enfrentamientos con el compositor Alfred Newman– y del buen hacer de sus actores: Anthony Hopkins encarna con sutil carisma al orondo genial –desde luego, mucho más comedido que cuando se puso en la piel del histriónico Nixon (1995) de Oliver Stone- , James D’Arcy es la reencarnación viviente de Anthony Perkins, y los cinéfilos treintañeros se reencontrarán, en una breve escena, con un inolvidable héroe de los años ochenta; pero quienes sobresalen aquí son ellas, desde las chicas Leigh y Miles –estupendas Scarlet Johansson y Jessica Biel– hasta la secretaria/script/mano derecha Toni Collette, pasando, como no, por esa maravillosa actriz que es Helen Mirren y que nos descubre, con espíritu, corazón y matices, a la abnegada y brillante esposa del maestro.

Y es que ya se sabe, que detrás de un gran hombre…

Recomendado para mitómanos poco exigentes.

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