Ocho apellidos vascos

Humor primario con efectos secundarios.

Es muy difícil hablar de Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez-Lázaro, 2014) limitándome tan sólo a los aspectos puramente cinematográficos, tratando de obviar todo aquello que ha rodeado al film desde el mismo fin de semana de su estreno: un espectacular boca-oído, estupendas críticas por parte de la prensa especializada, risas y aplausos unánimes del público –muchos de ellos, repitiendo y hasta tripitiendo su paso por taquilla para volver a verla- hasta convertirla, para asombro de propios y extraños, en la película más taquillera en la historia de nuestra cartelera, sólo superada en cifras –que no en espectadores- por el Avatar (2009) de James Cameron. Casi nada…

Bueno, pues al fin he sido yo el que se ha sentado delante de la pantalla para ver esta comedia tan puramente hispánica, con chistes y gags –de buen gusto, eso sí- sobre vascos y andaluces, con mucho choque cultural y poca guerra de sexos como mimbres fundamentales, con esa historia trillada –pero que siempre funciona- de chico-conoce-chica y se enamoran, aunque uno de los dos no quiera admitirlo, donde el conflicto –cómico, en este caso- se produce a través de la familia y el entorno. Martínez-Lázaro maneja con soltura el género de la comedia sentimental –no hay más que echar un vistazo a su filmografía- , y unos personajes entrañables y carismáticos y el efecto bola de nieve –se parte de una mentirijilla que va creciendo y creciendo cada vez más- son ingredientes suficientes para construir una cinta simpática, entretenida y muy, pero que muy blanca –nada de humor escatológico ni de chistes burdos; se agradece- .

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Clara Lago y Dani Rovira: el roce hace el cariño.

Los actores cumplen con suficiencia, tanto los más jóvenes –Clara Lago, cada vez más polifacética y asentada; Dani Rovira, debutante con soltura- como los veteranos –Karra Elejalde, Carmen Machi– , y se ve con agrado su falta de pretensiones –tanto en guion, como en la producción, como en la puesta en escena- , que no van más allá de querer hacer pasar un rato divertido al respetable y evidenciando que el boom les ha sobrevenido casi de improviso. Por otro lado, Ocho apellidos vascos adolece de algo más de originalidad en su desarrollo –cumple con todos y cada uno de los cánones de la comedia sentimental de manual- , se le echa de menos algo más de sátira o ironía –parodiar una manifestación abertzale es el límite que se marca y apenas roza- y algunas situaciones supuestamente cómicas pierden gracia por estar excesivamente estiradas. Se ve y entretiene sin dificultad ninguna, pero tampoco reinventa la comedia española. Quizá en otro contexto social no lo hubiera petado; pero con la que está cayendo en el cine español, bienvenida sea esta propuesta.

Recomendado aficionados a la comedia ligera.

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