Boyhood

Retales de una vida.

Lo digo desde ya: el próximo Oscar al Mejor Director debe ser sin ninguna duda para Richard Linklater. O, en su caso, que le otorguen uno especial, como cuando Walt Disney fue galardonado tras realizar el primer largometraje de animación de la historia –Blancanieves y los siete enanitos (1937)- o como cuando John Lasseter fue también agraciado cuando revolucionó igualmente el cine de dibujos animados con su primer Toy Story (1995). Si en ambos casos –al igual que en otros- Hollywood no quiso dejar de reconocer a dos auténticos revolucionarios, ¿qué no deberían darle a un tío que ha sido capaz de implicar a todo un equipo técnico y artístico para llevar a cabo un rodaje intermitente de ¡doce años! para ilustrar, con inusitada verosimilitud, las etapas de crecimiento y madurez de un crío desde que tiene seis años hasta que cumple los dieciocho?

Linklater se ha convertido, casi por accidente, en un experto en este pequeño gran cine independiente. Pero si con su trilogía ‘Antes de’ la cosa llegó como por casualidad –nueve años después de Antes de amanecer (1995) volvió a reunir a su pareja protagonista para estudiar qué había sido de esos personajes durante ese mismo tiempo; operación que repetiría, otros nueve años después, hasta llegar a la fabulosa Antes del anochecer (2013)- , no hay duda de que en Boyhood (2014) hubo desde el principio una cierta intencionalidad, habida cuenta tanto de que el guion debía ser algo orgánico pues iría cambiando con el paso de los años –no son pocas las referencias culturales, sociales, políticas y tecnológicas que así lo atestiguan cada episodio que conforma este relato- como de las dificultades logísticas que esta empresa suponía -¿os imagináis si a mitad del proyecto algún miembro del reparto se hubiera descolgado del mismo, o hubiera emigrado, o algo peor?- .

Si bien es cierto que el libreto se sostiene sobre unas bases algo melodramáticas y no demasiado originales –ese desfile de padres alcohólicos que van pasando por la vida del chico protagonista- , no se puede negar que, simplemente, ver cómo el muchacho va creciendo y madurando, así como otros personajes adultos van también evolucionando y envejeciendo, es decir, como toda una vida va transcurriendo por delante de nuestros ojos en apenas tres horas de metraje, es sencillamente espectacular. Sin alardes, sin florituras, dejando siempre la cámara a la altura de los ojos, Linklater nos invita a caminar de la mano junto con estos personajes que son tan sencillos y humildes como creíbles. El jovencísimo Ellar Coltrane, quien confiesa que al comienzo del rodaje –insisto: allá por el 2002- no tenía muy claro de qué iba todo esto, y sobre cuyo personaje pivota todo el guion, resulta totalmente convincente a través de sus diferentes etapas vitales, y es imposible no encariñarse con él –en cierto modo, es como si todos los espectadores, figuradamente, llegásemos a adoptarle- ; Ethan Hawke, convertido ya por méritos propios en el actor fetiche del realizador, pasa de ser un padre joven y algo irresponsable a un tipo maduro, sereno y con los pies en la tierra; pero quien –al menos para mí- se lleva la palma es una impresionante Patricia Arquette, quien sufre de manera más evidente los avatares del paso del tiempo y que, lejos de los celos de cualquier prima donna, no tiene reparos en mostrarse tal cual y sin tapujos ante la cámara, aportando a su personaje todo el coraje, carisma, garra y sacrificio que esta abnegada madre requería.

boyhood_foto

El joven protagonista, al comienzo de su odisea vital.

No es casual ese guiño que Linklater hace a la saga Harry Potter –otro titánico proyecto que requirió de la implicación de todos sus integrantes durante prácticamente una década- . Estamos, sin lugar a dudas, ante una película diferente, original, creativa y revolucionaria en su forma de concebir el arte cinematográfico. Virtudes de las que, hoy día, poquísimas películas pueden presumir.

Recomendado para todos los amantes del cine.

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