Carmina y amén.

El Luisma no es tonto.

Hace apenas un par de temporadas, el popular Paco León sorprendió a propios y extraños con un imprevisible salto a la dirección cinematográfica con la recordada Carmina o revienta (2012), un experimento fílmico de primer orden que –ya lo comenté en su momento- , si bien pecaba de sostenerse sobre un guion ciertamente irregular y bastante endeble –donde toda su gracia y energía residía en Carmina Barrios, madre del realizador y protagonista de la cinta, toda una revelación- , revolucionó el rígido y aparentemente inamovible sistema de producción y distribución que desde hace ya demasiados años parece tener atenazada a la exigua industria del cine español: un presupuesto verdaderamente ínfimo para los estándares habituales –en el que no entró ni un solo céntimo de ayuda pública- y un lanzamiento masivo y simultaneo sobre diferentes soportes –y diversidad de precios, siempre económicos- , estrenándose al mismo tiempo en salas comerciales, vídeo a demanda y DVD/Blu-Ray.

Tal fue el éxito que no era de extrañar que al poco tiempo –y después de lanzarse al mundo del cortometraje con La vuelta a la tortilla (2013)- Paco León y su familia regresaran con una nueva entrega de la portentosa Carmina. Y, si algo se reafirma con este segundo largo, es lo que ya algunos veníamos sospechando: que el Luisma no tiene nada de tonto, y que detrás de su popular rostro cómico y televisivo podría encerrarse un cineasta más que interesante. Carmina y amén (2014) viene a refrendar esa idea, pues no nos encontramos ante una repetición de chistes, personajes y situaciones que funcionaran en la anterior cinta, sino con toda una prolongación del universo Carmina, por donde desfilan una serie de personajes quizá algo estereotipados pero bien definidos –esa cincuentona con un hijo discapacitado; esa masajista ‘del espíritu’; ese vástago con arrebatos violentos- que acuden al cobijo, consejo o ayuda de la matrona, que escucha, observa, mira, cigarrillo perenne entre sus dedos, con una tranquilidad pasmosa, controlando siempre cada situación, como un Vito Corleone de nuestros días al que recurren los más desfavorecidos del barrio.

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María León y Carmina Barrios, hija y madre en la pantalla y fuera de ella.

Con inusitada astucia, Carmina teje una entramada red de seguridad al tiempo que vela y habla con su difunto marido, de cuerpo presente hasta que puedan cobrar el seguro. León ha ganado en seguridad y en confianza, no sólo en sus personajes y en sus actores, sino también en sí mismo como guionista, absorbiendo la atmósfera del Mario Puzo de El padrino, la esencia del Miguel Delibes de Cinco horas con Mario y el espíritu de Berlanga y Azcona, y nos regala un libreto más que notable, donde la comedia castiza –a veces barriobajera- y situaciones dramáticas fluyen con gran naturalidad, y en la que quizá podamos achacarle ciertas escenas o situaciones que se alargan con demasiado exceso.

Mucho más cinematográfica y menos docurrealidad para un trabajo conclusivo y brillante por momentos, hijo de su tiempo –ahí está el loro Bárcenas, que de momento no canta, o esas referencias a los recortes en sanidad y servicios sociales- y cuyo espíritu se puede resumir en una sola frase que sentencia la propia Carmina a su hija –María León– : “Yo no miento nunca, yo cuando digo algo se convierte en verdad. Y amén.”

Recomendado para cinéfilos con olfato.

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