El lobo de Wall Street

¡Enséñame la pasta!

Desde que era joven, Jordan Belfort tenía un sueño: ser millonario. Vale, no es muy poético, pero es humano: todos –y el que diga lo contrario, sencillamente miente- hemos fantaseado alguna vez con el dinero, el lujo y la vidorra padre. La diferencia es que él no se limitó a imaginarlo. Él lo hizo.

Vista El lobo de Wall Street (Martin Scorsese, 2013), uno no sabe si es más asombroso cómo este tío llegó hasta donde llegó desde el estrato más bajo –colocando acciones birriosas a granjeros y pequeños inversores- mediante su innegable carisma y su hipnótica verborrea, o el inverosímil –pero cierto- tren de vida que se pegó durante sus años en la cima: orgías en la oficina, fiestas interminables, yates titánicos, drogas de todo tipo y en cantidades industriales… no en vano, la película arranca con uno de esos desmadres, un concurso de lanzamiento de enanos; ese punto de partida, insólito y a la vez desconcertante, hace que, como espectadores, nos situemos con sorprendente naturalidad en el estrato donde se jugarán estas partidas salvajes de banca, sexo, vicio y excesos a todo trapo. A partir de aquí, nos creeremos a pies juntillas todo lo que el señor Scorsese nos quiera contar, por muy alucinante que pueda parecer en un principio. El dinero es poder: ¿tiene algo de especial esnifar coca del culo de una prostituta? Simplemente, lo hacen porque lo pueden pagar…

El director de, entre otras, Uno de los nuestros (1990) o Casino (1995) –no he elegido estos dos títulos al azar: El lobo de Wall Street tiene en su ADN un poco de ambas- emplea todos los alardes narrativos y audiovisuales a su alcance para retratar tanto los desmanes de sus personajes como para construir con minuciosidad todo el proceso de ascenso y caída de este autoerigido dios de las finanzas de los años noventa. Se apoya además en un trabajo sublime del que se ha convertido en su actor fetiche de la última década, Leonardo DiCaprio, capaz de transmutarse en tan arrollador personaje, un ogro, un verdadero monstruo capaz de lo mejor y de lo peor al mismo tiempo. Su gran mérito es hacernos cómodo un personaje odioso, apático y encima forrado de dinero, pero al que no podemos dejar de ver con cierto asombro. Cuando Belfort/DiCaprio arenga a sus empleados, micro en mano, en realidad nos está embaucando a nosotros mismos. Es un sátiro, un vampiro, pero irresistible. Es, con perdón, el puto amo.

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Apuestas y lanzamiento de enanos: desmadre a la americana.

Que nadie piense que estamos ante una vacuidad o un homenaje al despiporre: los actos de Belfort tendrán sus consecuencias, y casi más interesante que la investigación federal sobre sus finanzas serán las traiciones que, como en una tragedia shakesperiana, se darán cita en el último acto de una película quizá algo larga –tres horitas, nada menos; aunque el director ya ha anunciado una versión más larga y con más sexo (!) para el formato doméstico- , pero que particularmente no se hace nada pesada. ¿Estamos entonces ante una parábola aleccionadora? Para mí es, ni más ni menos, que el retrato de una generación desmadrada heredera de Gordon Gekko a la que nadie supo pararles los pies, y que quizás, quién sabe, de aquellos polvos –y no me estoy refiriendo a los estupefacientes- vengan estos lodos.

Cada uno que saque sus propias conclusiones.

Recomendado para adictos a las radiografías extremas.

sensacineculturaenguada-blancoguaridadekovack

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