La gran estafa americana

El timo de la estampita.

Desde que debutara hace casi veinte años con Flirteando con el desastre (1996) hasta la recientemente oscarizada El lado bueno de las cosas (2012), parecía que el idilio entre el realizador David O. Russell y Hollywood no tendría fin. Pero qué queréis que os diga: los trabajos que engrosan el currículo del director de Tres reyes (1999) siempre me han parecido, como poco, sobrevalorados, ya que si bien Russell hace gala de una eficiencia que le granjea no pocas amistades en la Meca del Cine –no se le conocen enfrentamientos con productores en cuanto a presupuestos, fechas o guiones- , amén de que sus actores le adoran –Christian Bale y Jennifer Lawrence le deben mucho, así como Mark Whalberg o Bradley Cooper– , vistas algunas de sus películas, no creo que ninguna esté por encima de la otra en cuanto a guion, puesta en escena, dirección de actores o carisma cinematográfico. Será eficiente, pero su personalidad todavía no la he encontrado.

Puede que en L.A. también se hayan dado cuenta de ello, y quizá este romance se haya roto abruptamente tras lo sucedido con su último film: diez nominaciones a los Oscar, cero premios. Eso sí que es estrellarse con todo el equipo. ¿Merece tal descalabro La gran estafa americana (2013)? La cinta no está mal, pero, como ya he comentado en anteriores ocasiones, vuelve a ser un ejemplo claro de que en el arte cinematográfico la suma de las partes no siempre da un resultado notable, siquiera satisfactorio.

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Amy, Bradley, Jeremy, Christian y Lawrence: juntos, pero no necesariamente bien avenidos…

Sobresalientes los actores, estupenda dirección artística y evocadora banda sonora –repleta de goldies setenteros, que va de Frank Sinatra a Tom Jones, pasando por Ella Fitzgerald o Chicago, entre otros- son quizá los mejores ingredientes de esta historia de timadores de poca monta, agentes infiltrados y ambiciones profesionales en la que todos mienten a todos y nadie debería fiarse ni de su propia sombra. Pero mira tú por dónde que, a pesar de los engaños y mentiras, la amistad, la seducción y el sentido de la responsabilidad ciegan a unos personajes con poco sentido común. ¿Honor entre criminales? Lo único que queda claro es que en la escalada hacia el poder y el éxito, chorizos, delincuentes, políticos y mafiosos nadan en las mismas aguas. Menudo descubrimiento.

Pero es que, además, La gran estafa americana coquetea con la posibilidad de jugar a ser El golpe (1973), con esas intenciones ocultas, falsos finales y dobles intenciones. Muy alto apunta Russell, demasiado, que se queda sólo con lo aparente y lo hipnótico –un ¿inesperado? twist final que pretende de sorprender al confiado espectador- dejando a un lado el carisma y el sentido del humor que tenían los personajes del clásico de George Roy Hill, y tirando de ciertas argucias de montaje que nos pueden recordar a cierto momento de Jackie Brown (Quentin Tarantino, 1997). La imponente y fugaz aparición de un Robert De Niro no acreditado es casi la única sorpresa en una cinta entretenida pero demasiado previsible. No voy a decir que me haya sentido estafado, tampoco es eso… pero para este viaje no hacían falta estas alforjas.

Recomendado para aficionados al cine de triquiñuelas.

sensacineculturaenguada-blanco

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