La venus de las pieles

Pecados de autor.

No sé si será por la edad –ochenta primaveras a sus espaldas- o por sus interminables conflictos legales fuera de los platós cinematográficos, pero de un tiempo a esta parte vengo observando cierto agotamiento, hastío e incluso algo de pereza en las últimas propuestas firmadas por Roman Polanski. Así, como en su anterior Un dios salvaje (2011) –e incluso la anterior de la anterior, El escritor (2010), que si bien se basaba en un texto novelístico casi toda su trama se desarrollaba en un único escenario- , el cineasta toma como punto de partida una pieza teatral y un limitadísimo número de personajes para desarrollar una compleja trama psicológica trufada de recovecos, manipulaciones y constantes cambios de roles.

La venus de las pieles, basada en la obra homónima de David Ives, nos intenta sumergir en un ‘teatro dentro del teatro’, mostrándonos a dos personajes aparentemente contrapuestos –un dramaturgo novel que busca su musa y una actriz veterana y bella que llega tarde a la audición para un papel- pero que adolecen de similares debilidades, anhelos y aparentes deseos intelectuales y/o carnales. Y, sí, he empleado a propósito el término intenta, porque aunque el planteamiento es eficaz –gracias, sobre todo, al trabajo de sus dos actores, de los que hablaré a continuación- y el desarrollo atrapa de manera hipnótica al espectador –con esos imprevisibles cambios de registro y esos diálogos que se entretejen hasta el punto de mezclar realidad con ficción y viceversa- , lo cierto y verdad es que Polanski no consigue rematar la faena con elegancia, y a más de uno se nos queda el rostro algo descompuesto cuando la sutileza de la que hasta entonces se ha hecho gala se hace añicos con un epílogo fantastique algo impostado, grandguiñolesco, más cercano a su también fallida La novena puerta (1999) que a la adaptación anteriormente mencionada del libreto de Yasmina Reza.

venuspieles
Juegos de seducción sobre un escenario.

El film se sostiene básicamente en sus dos protagonistas: si bien Mathieu Almaric compone con eficacia a ese director primerizo lleno de contradicciones e inseguridades –tanto creativas como sentimentales- , es Emmanuelle Seigner, a la sazón señora de Polanski, la que nos regala la que probablemente sea su más completa composición; su transformación física y psicológica a lo largo de todo el relato es ciertamente asombrosa, encarnándose en todas las virtudes y vilezas que desde el origen de los tiempos se le han atribuido a las hijas de Eva.

Buenos mimbres -muy ingenioso, por cierto, el trabajo del sonido, sobre todo en ciertos pasajes con atrezzo imaginario- para una pieza menor debido, principalmente, a esa escena final tan rompedora como desconcertante. Desconozco si el texto original es tal cual, y de ser así es probable que sobre las tablas cause una impresión mayor entre el patio de butacas. Pero es sabido que lo que funciona en un escenario ha de adaptarse para que funcione en una pantalla de cine, y, en este caso, Polanski se ha pasado un poquito de frenada.

Recomendado para incondicionales del teatro filmado.

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