La vida inesperada

Por el bulevar de los sueños rotos.

Un aviso a navegantes: imprescindible ver esta película en versión original. No, no es un chiste: me da que uno de los factores que hicieron que La vida inesperada (2014) apenas funcionara en la taquilla fue porque algún lúcido decidió distribuirla en salas únicamente en versión doblada, por lo que el problema del idioma, uno de los conflictos de esta historia sobre españoles buscándose la vida en la Gran Manzana, quedaba reducido a un sinsentido de nefastas consecuencias.

Hablo de conflictos, y quizá ese sea otro de los puntos en los que falla este segundo largometraje de Jorge TorregrossaFin (2012)- : no hay conflicto como tal. La historia del niñato que se planta en el apartamento neoyorkino de su primo, un eterno aspirante a actor que sobrevive a base de múltiples minijobs, no tiene apenas enjundia, habida cuenta de que ambos personajes apenas se cruzan un puñado de veces a lo largo del relato. Tampoco ayuda que dicho personaje, encarnado por el casi siempre eficiente Raúl Arévalo, nos produzca rechazo, casi antipatía [¡ojo, spoiler!]: acude a entrevistas de trabajo sin decir nada a nadie, no para hasta ligarse a una rubia local –poniéndole los cuernos a cierta novia que le espera en España- para luego darle también plantón a esta. Y poco más.

Y los sueños... sueños son.

Y los sueños… sueños son.

Salvan la función, si acaso, el habitual buen hacer del ya consolidado Javier Cámara y la naturalidad y frescura de Carmen Ruiz, que levantan unos personajes dibujados de un trazo y sin fondo, y a los que consiguen dotarlos de alma y personalidad. Sobre todo Cámara, quien tiene la fortuna de adueñarse la mejor secuencia de toda la película –y de toda la breve filmografía de su director, hasta la fecha- : esa en la que se da de bruces con una realidad que se niega a ver y que su amigo Claudio (Juan Villarreal) le enfrenta con honesta brutalidad, al darse cuenta de que, lamentablemente, hay veces en la vida en que tenemos que abandonar nuestros sueños.

Poco fondo, en fin, para una cinta que prometía más gracias a su buen elenco y a un escenario incomparable como es Manhattan –incluso se permiten algún guiño al legado alleniano- . El retrato de la generación de emigrantes 2.0 aún es asignatura pendiente en el cine español.

Recomendado para aficionados a la comedia agridulce.

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