Locke

Para ser conductor de primera…

Hay películas pequeñitas, que nacen sin demasiadas pretensiones, que tienen un punto de partida ingenioso y que sirven de plataforma a nuevos realizadores capaces de dar un lustre especial a una idea que no pasaba de ser algo simplemente ocurrente. En esta estela podríamos situar a Locke, segunda película como realizador del guionista Steven Knight –su anterior film fue Redención (2013), protagonizada por Jason Statham y estrenada en nuestro país hace apenas tres meses- y que llega ahora a nuestra cartelera casi un año después de su puesta de largo en el Festival de Cine de Venecia.

Y es que el planteamiento de este largometraje no puede ser, formalmente hablando, más simple: un hombre –un humilde capataz de obra, estereotipo evidente y fácilmente reconocible de la clase media-baja occidental- sube a su coche y, en lugar de regresar a casa, toma otro camino. A lo largo de todo el recorrido, descubriremos, a través de las incontables conversaciones telefónicas que realizará y recibirá a través del manos libres del vehículo, cómo la vida de este tipo intrascendente dará un inesperado vuelco como consecuencia de las distintas decisiones y determinaciones que irá tomando.

Dos lecturas muy claras y evidentes deja el film: por un lado, la completa dependencia que el ser humano tiene hoy día de las nuevas tecnologías –su odisea sería impensable si no existieran el bluetooth y el GPS- ; por otro, el extraño y sorprendente oxímoron en el que se convierte la vida de este don nadie, ya que cuanto más sensatas y responsables son sus decisiones, más se desmorona el mundo a su alrededor: es despedido del trabajo, pero se niega a que el proyecto quede inacabado; su mujer le echa de casa, pero él seguirá llamándola para consolarla; su amante va a tener un hijo suyo, y aunque no siente nada por ella, decide no dejarla sola esta noche.

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Tom Hardy, conduciendo hacia su destino.

Es una pena que tan interesantes ingredientes den como resultado una película algo monótona, con un look visual atractivo pero sin verdaderos conflictos que despierten el interés del espectador medio, y que se quedan casi en lo meramente casual. Mención aparte merece, eso sí, el más que notable trabajo de Tom Hardy, único actor que veremos en pantalla, y que sostiene sobre sus hombros un verdadero tour-de-force interpretativo: contenido, pausado y sin aspavientos, Hardy transmite melancolía y determinación a travé de su mirada, fija casi constantemente en las líneas discontinuas de la carretera.

Hace ahora veinte años, llegaba a las pantallas la ópera prima de Jan De Bont, y a propósito de ella, recuerdo que un crítico escribió: “Si el cine es movimiento, Speed es puro cine”. Si eso fuera tan determinantemente cierto, Locke debería ser su heredera natural, pero no es así: a la cinta de Knight le falta la emoción y la garra que otras road-movies sí tenían –desde El diablo sobre ruedas (Steven Spielberg, 1971) hasta la más reciente Drive (NicolasWindingRefn, 2011)- y por ello, dudo que de aquí en unos años permanezca en nuestra memoria.

Recomendado para cinéfilos minimalistas.

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