Relatos salvajes

Días de furia.

En las antípodas del cine negro efectista pero de manual de El niño (Daniel Monzón, 2014)- , el tramposo relato detectivesco de La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014) o el doloroso preciosismo de Loreak (Jon Garaño & José Mari Goenaga, 2014), una cinta proveniente del otro lado del gran charco –pero con sello español gracias a la participación de los hermanos Almodóvar y El Deseo– se convierte en la propuesta más radical, gamberra, disparatada, desquiciada, alocada, divertida, trágica y tremebunda de cuantas componen el repóquer de favoritas a los Premios Goya 2015.

El nombre de Damian Szifron quizá es hasta ahora poco conocido, aunque en su currículum figuraban ya dos películas –El fondo del mar (2003) y Tiempo de valientes (2005)- y dos series de TV realizadas en nuestro país –Los simuladores (2002) y Hermanos & Detectives (2006-2007)- , una circunstancia que probablemente cambie con total merecimiento gracias a Relatos salvajes (2014), film construido a partir de cinco cortometrajes completamente independientes pero con un denominador común: todos los conflictos a los que se enfrentan los personajes son verdaderas ollas a presión que, de un modo u otro, terminan estallando.

Relatos-Salvajes
Nuestros ‘héroes’, a punto de estallar…

La primera de las narraciones –la que abre el film antes de los créditos iniciales- ya prepara al espectador para lo que se expone: ciento veinte potentes minutos donde violencia y humor negro –a veces, casi esperpéntico- van de la mano con inusitada naturalidad, en una serie de situaciones planteadas con cotidianidad pero que poco a poco se tornarán en bestiales sátiras sobre la sociedad, el trabajo, la familia y la (des)confianza. Es mejor no conocer de antemano cada una de las tramas, y simplemente dejarse llevar por tanta locura esquizofrénica que, sin embargo, nunca se le escapa de las manos a su director: todas las historias funcionan con exacta precisión, cada una tocando diferentes palos, y, aunque cada espectador pueda sentir mayor empatía por alguna en particular –personalmente, me produce verdadero deleite la del pobre Ricardo Darín– , quizá el gran logro es que, a diferencia de otros largometrajes de episodios que conozcamos, ninguno desmerece ni sobresale con respecto a los otros.

Szifron no reinventa el cine de un modo que no conociéramos ya –seguro que cualquiera podemos recitar sin pestañear varios largometrajes construidos a base de relatos cortos- y tanto el planteamiento como la moraleja de la propuesta bien podría recordarnos a Un día de furia (Joel Schumacher, 1993); pero la frescura que desprende la peli, lo maravillosamente bien que están todos sus actores, la contundencia de la puesta en escena y su cruel y descarnado sentido de la ironía convierten a Relatos salvajes en una de las cintas más terriblemente liberadoras de cuantas han llegado a nuestra cartelera en los últimos tiempos. ¡Tarantino, toma nota!

Recomendado para degustadores de platos fuertes.

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