Snowpiercer (Rompenieves)

El tren del infierno.

Empezar ahora a recordar todas esas películas que, a modo de parábola futurista, retratan una realidad (actual) trufada de injusticias, luchas de clases y revolución social, sería un ejercicio tan fútil como agotador. Es por eso que, cuando oí hablar por primera vez de Snowpiercer (Rompenieves) (2013), me produjo una cierta pereza enfrentarme a ella, y conste que si finalmente me he animado ha sido tras leer no pocas buenas críticas acerca de esta coproducción surcoreano-checo-francoamericana, firmada por Joon-ho Bong –de quien recordaréis, seguramente, la muy popular The host (2006)- .

Tras un intento desesperado por contrarrestar las consecuencias del efecto invernadero, La Tierra queda literal y completamente congelada hacia mediados de la segunda década del siglo XXI. Sólo quedan unos cuantos miles de supervivientes, hacinados en los vagones de un largo y modernísimo tren transcontinental, que realiza una ruta sin fin alrededor del globo. Los pasajeros se dividen según su clase social: a la cola, los parias, los abandonados a su suerte; a la cabeza, las élites y adinerados; y en la cabina, una suerte de señor divino, inventor de la máquina, odiado por unos, venerado por otros, pero a quien nadie ha visto jamás.

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Tú perteneces al vagón de cola… y lo sabes.

Digamos que la principal originalidad de Snowpiercer -cuyo guion se basa en novela gráfica Le Trasperceneige, escrita por Jean-Marc Rochette y Jacques Loeb– es que los indeseables, esos a quien nadie quiere y que son los primeros en iniciar una revolución, no están físicamente abajo –como así ocurría, por ejemplo, en la inolvidable Metrópolis (Fritz Lang, 1927), así como en otros títulos que ya comenté a propósito del estreno de Elysium (2013)- sino en la parte posterior del convoy. La cinta cuenta además con un grupo competente de actores, empezando por un sorprendente Chris Evans –puede ser algo más que el simple rostro de un superhéroe de cómic- hasta el siempre ejemplar Ed Harris –aunque aquí nos recuerde a su Cristof de El show de Truman (Peter Weir, 1998)-, pasando por una irreconocible Tilda Swinton, un eficaz Jamie Bell o la oscarizada Octavia Spencer, que sin duda carga con el rol más humano y noble de todo el conjunto. Pero, aparte de eso, poco más sobresale en una propuesta que huele a argumento trillado y de manual, que, aunque contiene algunas secuencias ciertamente estimulantes –ese combate a oscuras, la confesión final de Curtis (Evans) antes de abrir la última puerta- , la larguísima e inverosímil duración de otras –p.ej. cuando descubren el vagón-escuela- , por no hablar de planteamientos rocambolescos, casi esperpénticos –ese secuaz que no se muere ni a la de tres- hace que la película pegue dos o tres bajonazos considerables que le pesan como una losa.

Con evidentes influencias visuales de Terry Gilliam y Jean-Pierre Jeunet -por no hablar de la saga Los juegos del hambre– , por momentos pudiera parecer que Snowpiercer va a romper con los tópicos y mostrarnos un futuro funesto y terrible donde el último gesto de humanidad fuese, precisamente, destruir a la raza humana; pero, puntuales aciertos aparte, no pasa de ser otro sci-fi más que, al menos para quien esto escribe, no pasará a la posteridad.

Recomendado para adictos a las fábulas deshumanizadoras.

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