The Zero Theorem

Pues me lo explique.

Sin ser ni de lejos uno de esos cineastas imprescindibles a los que sigo con fervor, bien es verdad que la peculiaridad de Terry Gilliam siempre me ha caído simpática, sobre todo a raíz del estreno, allá por 1995, de aquella descorazonadora obra maestra titulada Doce monos. Si bien su etapa Monty Python no es santo de mi devoción y su carrera como cineasta es más bien irregular, su lenguaje audiovisual propio e icónico, sus historias fuera de lo común y los personajes outsiders que suelen poblarlas bien merecen, en muchos casos, ser reivindicados.

Sin embargo, he aquí uno de esos ejemplos en los que el autor es sobrepasado por su propia obra, y, más preocupado de no perder ese estilo característico e inconfundible que tanto adoran sus incondicionales, parece haberse olvidado de un elemento fundamental: una historia que enganche. Le viene ocurriendo de un tiempo a esta parte al también idolatrado/odiado Tim Burton -¿a que ya nadie se acuerda de Sombras tenebrosas (2012)?- , quizá en menor medida al francés Jean-Pierre Jeunet –Micmacs (2009) y El extraordinario viaje de T.S. Spivet (2013) han quedado por debajo de las expectativas- , y también a Gilliam, quien, tras Tideland (2005) y la accidentada El imaginario del doctor Parnassus (2009), confirma su descenso en barrena con este Zero Theorem (2013), una apuesta arriesgada pero poco decidida por volver a la ciencia-ficción deshumanizadora y orwelliana que tan buenos resultados le había dado en el pasado.

TheZeroTheorem

Helados nos has dejado, Gilliam.

Si en la ya citada odisea temporal de Bruce Willis quedaban claras tanto las motivaciones como los anhelos y temores del protagonista para el espectador, no ocurre lo mismo con el Christoph Waltz de esta nueva propuesta: un tipo ermitaño, taciturno y por momentos neurótico, cuya función laboral no queda nunca demasiado clara e incapaz de desarrollar una relación personal con cualquier semejante más allá de la consola de un ordenador. Da la impresión de que Gilliam quiere hablarnos de la soledad del individuo en una sociedad futura devorada por la tecnología, la publicidad y las cegadoras luces de neón, pero se pierde en situaciones extravagantes, secundarios anecdóticos y tramas poco y torpemente desarrolladas para sostener el grueso de la narración. Por momentos, uno puede llegar a sentirse deslumbrado por la espectacular dirección de producción –esos decorados, esa fotografía pretendida y eficazmente feísta- , pero el desatino de los actores, la irregularidad del libreto y un final confuso a la vez que pretencioso dejan como resultado el que probablemente sea el film más desaprovechado, caótico y fallido de este año que está a punto de finalizar.

Recomendado para espectadores alucinógenos.

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