Calvary

Días contados.

¿Cómo retratar en unos pocos minutos el mundo cruel, egoísta, desquiciado y demencial en el que se ha convertido nuestra sociedad? Doy fe de que el irlandés John Michael McDonagh lo ha conseguido en un film seco, contundente, por momentos algo desconcertante… hasta que uno se da cuenta de que lo que está viendo en la pantalla no es sólo la historia de un sacerdote con la amenaza de la muerte sobre sus hombros, sino toda una pesimista parábola –nunca mejor dicho- sobre el individualismo y la ingratitud que parecen haber devorado nuestras almas.

El padre James (Brendan Gleeson) recibe una amenaza –más bien, una sentencia- de muerte de parte de un feligrés anónimo. “Ponga en regla sus asuntos”, le dice, “porque el próximo domingo le voy a asesinar”. Durante los siguientes días, el pastor, lejos de huir o denunciar a las autoridades –tan sólo se ‘permite’ consultar sucintamente con el arzobispo- , intenta reconducir algunas actitudes de los miembros de su comunidad, casi siempre con escaso éxito. Es en este punto donde está la clave de la película: ante ciertos comportamientos de los personajes que se nos irán presentando, el espectador puede no penetrar más allá de la mera apariencia y quedarse simplemente con la sensación de que en este pueblecito costero de aspecto idílico y desconocido nombre sólo vive gente rara y egocéntrica, con comportamientos difícilmente justificables desde el punto de vista de la lógica racional –ahí están esa mujer que deja que la maltrate su amante, ese tabernero de ‘saloon’ o ese terrateniente capaz de orinarse en su propia riqueza- pero que cada uno, a su manera, ilustran lo peor de la condición humana. Es verdad que las formas son a veces algo exageradas, pero tuve la sensación de que lo que el film muestra no son personas, sino en realidad ‘males’ o ‘vicios’ de nuestra especie encarnados bajo apariencias cotidianas.

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Brendan Gleeson y Kelly Reilly, padre e hija en el film.

Como indica su acertadísimo título, la película muestra el penoso calvario de un hombre bueno que, sin llegar a ser un santo, al menos intenta ayudar (salvar) a sus semejantes, por encima de su propia seguridad, antes de que precisamente uno de ellos le sesgue la vida. Una propuesta arriesgada e inteligente, sin duda, que, a pesar de ser algo irregular tanto en el ritmo como en el tono –hay secuencias de supuesta comedia negra que no llegan a cuajar dentro del aire pesimista del relato- , deja un excelente sabor de boca gracias, sobre todo, al magnífico trabajo interpretativo de un enorme Brendan Gleeson en perpetuo estado de gracia.

Recomendado para quienes disfrutan con una buena historia entre líneas.

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