Chappie

Cortocircuito 2.0

Empieza a darse un extraño mal en algunos nuevos realizadores: gente que derrochaba (al menos lo parecía) talento, imaginación y empuje con sus primeros trabajos pero que, al cabo de unos pocos años, parecen estar diluyéndose como un azucarillo en un vaso de agua. Es lo que algunos llaman el ‘efecto Shyamalan’, directores a los que –justa o injustamente, según el criterio de cada uno- se les encumbró rápidamente gracias a una o dos películas notables y que hoy día ya nadie se acuerda de ellos. Un ejemplo claro, ya lo hemos dicho, sería el firmante de El sexto sentido (1999), quien, desde El protegido (2000) no parece dar pie con bola. Otro, al menos para mí -y sé que me va a granjear no pocas discrepancias- sería Quentin Tarantino, cuyas últimas cintas –y sí, incluyo las sobrevaloradísimas Malditos bastardos (2009) y Django desencadenado (2012)- están a años luz de las magníficas Reservoir Dogs (1992) y Pulp Fiction (1994). Otro, sin duda, es el sudafricano Neill Blomkamp.

Quien nos maravilló con su District 9 (2009) –basado en su propio corto, el alucinante Alive in Joburg (2006)- , nos dejó bastante fríos con su segundo largo, el prometedor pero algo estándar Elysium (2013). Sin embargo, si aquello pudo ser una pequeña distracción o fruto de la presión externa –por parte de fans de la ciencia-ficción y/o de las majors que ponían la pasta en sus películas- , no encuentro excusa alguna para poder defender una propuesta como Chappie (2015): errática en el planteamiento, irregular en el ritmo, con un inusitado desaprovechamiento de recursos humanos –el casting, un desastre- y un clímax resuelto casi de manera accidental, como si se hubiera llegado a un callejón sin otra salida que volver a echar mano de las secuencias finales de su admirada ópera prima.

A este malote sólo le falta ponerse a rapear.

Se nos viene a plantear lo que la literatura –de Frankenstein a Pinocho- y el cine –desde Metrópolis (Fritz Lang, 1927) hasta la contemporánea Ex Machina (Alex Garland, 2015)- ya vienen cuestionando desde hace decenas y decenas de años: la posibilidad de crear inteligencia artificial, seres mecánicos similares a los humanos con sus virtudes y defectos, pero a ser posible, mejores –o más nobles, entendámoslo así- . El problema no es presentar a este nuevo androide nacido a la vida como un crío asustadizo y curioso –es más, entre los pocos aciertos del film está la evolución en apenas unos pocos días de todas las fases de la edad, hasta terminar con la personalidad de un joven macarrilla veinteañero- , sino que todas y cada una de las situaciones por las que pasará Chappie –el nombrecito también se las trae- ya las tenemos asimiladas en nuestro ADN cinematográfico, y se llaman Cortocircuito (John Badham, 1986) y RoboCop (Paul Verhoeven, 1987): la toma de autoconciencia propia, la sobreprotección del creador, el rechazo de la gente –que lo ve como un engendro monstruoso- … y todo eso, claro, con un protagonista creado para la guerra pero que se conciencia para la paz y la justicia. Como sus primos ochenteros.

El ritmo narrativo es francamente anodino, los temas musicales metidos con calzador son insufribles (obra de los raperos ¥o-Landi y Ninja Vi$$er, quienes incomprensiblemente interpretan a dos de los personajes más importantes de la trama), los actores están completamente desentonados –tener a Sigourney Weaver para darle un par de escenas de despacho o a Hugh Jackman como malo malísimo que va a la oficina en shorts, pues como que no me funciona- y, visto el final, [cuidado, posible spoiler] uno puede salir con la sensación de que Blomkamp nos ha vuelto a contar exactamente los mismo que en District 9 pero cambiando alienígenas por androides. La moraleja es idéntica: adaptarse o morir. Pues más le vale al director aplicarse a sí mismo el cuento, o de lo contrario su carrera se vendrá abajo cuando apenas ha empezado.

Recomendado para conformistas de la ciencia-ficción.

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