Corazones de acero

Los violentos de Pitt.

Resulta obvio y más que trillado que Steven Spielberg marcó un antes y un después en el género bélico con su brutalmente portentosa Salvar al soldado Ryan (1998); pero es que, aunque uno intente abstraerse de aquella recreación del conflicto bélico, hay directores que, aun contando con buenos ingredientes, parecen más empeñados en hacer sus Ryans particulares que en simplemente contar una nueva historia, quedando muy por debajo del potencial que manejan entre manos.

David Ayer, quien hasta ahora parecía especializado en thrillers policíacos de guerrilla urbana –Vidas al límite (2005); Dueños de la calle (2008); Sin tregua (2012); Sabotage (2014)- , salta al ruedo de la IIGM de la mano de Brad Pitt, a la sazón protagonista y productor ejecutivo, para retratar la guerra, con toda su crudeza, desde el interior y a lomos de un carro de combate, elemento que aquí cobra un protagonismo absoluto. Es, sin duda, el mayor acierto de Corazones de acero (2014) –de hecho, el título original, Fury*, se refiere al nombre con el que bautizan al vehículo- , así como ese retrato cruel, despiadado, por momentos inhumano, que se hace no sólo del malvado enemigo alemán –que no duda en alistar a niños y ahorcar a los que se niegan a ir al frente- , sino de los propios soldados americanos, hombres agotados, destrozados física y anímicamente, a veces al límite de la locura, a veces incapaces de inmutarse ya ante tanto dolor y vileza. El bien y el mal se confunden entre la niebla, el barro y la mugre, y durante la primera mitad del film asistimos a un espectáculo dantesco tan horrible como visualmente impecable.

Sin embargo, y a pesar de ciertos elementos demasiado típicos –ese jovencísimo soldado (Logan Lerman) que se da de bruces con la realidad y ha de ganarse el respeto y la confianza de sus veteranos compañeros- , el film funciona con precisión y contundencia… hasta la mitad. La (estiradísima) secuencia con las chicas alemanas rompe por completo el ritmo, hay personajes que se vuelven inverosímiles -¿de verdad un teniente permitiría esa salida de tono de un subordinado (Jon Bernthal)?- y, a pesar de que aún seremos testigos de una escena memorable –ese tensísimo combate frente a un Tiger enemigo- , ese final en la encrucijada parece improvisado, cinematográficamente mal planificado –pero, ¿cuánto tardan en llegar los alemanes desde que son avistados por el novato? ¿cómo puede ser de día en un plano y noche cerrada en el siguiente, sin transición ninguna?- , con un guion errático -¿se atrincheran dentro del tanque y se dejan la mitad de las municiones fuera?- , plagado de diálogos que intentan ser épicos y se convierten en incomprensibles pastiches filosofales –atención a la confusa conversación entre Pitt y un constantemente afectadísimo Shia LaBeouf– y con un final demasiado previsible, casi de manual.

fury
“Fury”: avanzando hacia el frente.

Fury podría haber sido un sobresaliente ejercicio de cine bélico, pero se queda en una propuesta irregular que, más allá de reflejar con cierta eficacia el día a día dentro de un tanque, se limita a plasmar una idea sin apenas desarrollarla. Y uno, que ya tiene mili, no deja de acordarse no ya de Ryan, sino de otros títulos menos ambiciosos –p.ej. Memphis Belle (Michael Caton-Jones, 1990)- que ya nos contaron –quizá con menos sutilezas, es verdad- la misma historia.

*P.D: ¿quién ha sido el ocurrente que ha puesto el título español y que puede confundirse con la también bélica Corazones de hierro (Brian De Palma, 1989)?

Recomendado para incondicionales de las batallitas fílmicas.

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