Mr. Holmes

La fragilidad del mito.

Mr. Holmes (Bill Condon, 2015) es una película que tiene diferentes lecturas. Si quien vaya a verla es aficionado o fan de los relatos literarios originales de Sir Arthur Conan Doyle, se encontrará con no pocas inexactitudes y licencias con respecto al carisma, la personalidad y la muy peculiar personalidad del mítico personaje; si por el contrario el espectador apenas conocer al detective, si acaso tan sólo por el nombre y por los mitos y tópicos que rápidamente se nos vienen a la cabeza –gracias, sobre todo, a la imagen física que el cine ha construido en los últimos ciento quince años- , seguramente disfrutará con mayor regocijo de esta propuesta agradable, entretenida, sin estridencias pero también sin aspectos sobresalientes.

Tengamos en cuenta que el guion de este film, firmado por Jeffrey Hatcher, no se inspira en los textos originales que firmara ficticiamente el famoso doctor Watson, sino que se basa en la novela no canónica A slight trick of the mind (Un leve truco de la mente), cuyo autor es un tal Mitch Cullin. Por tanto, podemos suponer que, a partir de aquí, la adaptación fílmica pasa por un doble tamiz –primero, el del libro no oficial; después, el paso a guion cinematográfico- , con lo que, al menos quien esto escribe, ya esperaba encontrarse con un Sherlock lejos de la leyenda común, y efectivamente así es: dos años después de finalizada la II Guerra Mundial, quien fuera el más famoso sabueso de toda Inglaterra vive un retiro autoimpuesto lejos del mundanal ruido, compartiendo casa con un ama y su hijo, atormentado por no ser capaz de recordar los detalles que le llevaron a fracasar en su último caso, acontecido varias décadas atrás.

MrHolmes

“Soy Gandalf, Magneto y ahora… Sherlock Holmes. Chúpate esa.”

Esta película tiene más de veneración que de relato detectivesco. Aunque también hay pistas, indicios y minuciosa observación, los descubrimientos que va haciendo el protagonista son más fruto de la inspiración y de su lucha interna por intentar recordar y contra una senilidad imparable. Condon, que ya dirigiera a Ian McKellen en la celebrada Dioses y monstruos (1998), vuelve en cierto modo a contarnos una historia similar, y si en aquella el epicentro era la relación –entre la admiración y lo platónico- entre el olvidado cineasta James Whale –El doctor Frankenstein (1931); La novia de Frankenstein (1935)- y su apuesto y joven jardinero, aquí lo torna en un sentido mentor-alumno con espabilado crío de por medio –el jovencísimo Milo Parker, cuya expresividad recuerda sorprendentemente a Michael Shannon- , en una propuesta que inevitablemente rememora Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988).

Sí, Mr. Holmes está por tanto algo dulcificada –aunque no en exceso- , y peca de tener un par de momentos como poco desconcertantes –ese insólito descubrimiento entre las cenizas de Hiroshima- ; sin embargo, debemos reconocer la tenacidad de Condon por apostar por un proyecto que no mira a la taquilla –sin estrellas, sin escenas de acción, sin desnudos femeninos y con un protagonista septuagenario- preocupándose, nada más u nada menos, que por contarnos, de la manera más amena y agradable posible, una pequeña historia sentimientos, de redención, de memoria y de perdón. Un cariñoso homenaje, en definitiva, tanto al personaje como al actor, y con ellos, a todos nuestros mayores, cuyo bagaje vital casi siempre se nos escapa.

Recomendado para sobremesas tranquilas y sin sobresaltos.