Regresión

Falto de carácter

En un país en el que difícilmente uno puede ser profeta en su tierra y donde se destrona a los ídolos con la misma rapidez y facilidad con el que se les encumbra previamente, debe ser muy difícil destacar en tu oficio sin que tu trabajo se vea constantemente sometido al escrutinio, la opinión y los juicios de valor que muchas veces se hacen no por el resultado objetivo de la obra, sino por cuan altas fueron las expectativas creadas en torno a ella. Digo esto porque desde que se estrenó Regresión no hago sino escuchar y leer comentarios desacreditando no solo la cinta –al fin y al cabo, el arte, como tal, siempre se valora desde un punto de vista lógica y completamente subjetivo- sino la carrera de su director, Alejandro Amenábar, como si lo hecho hasta ahora –tres veces ganador absoluto de los premios Goya, récord en la historia con los catorce cabezones de Mar adentro (2004) y cuarto cineasta que logra traerse el Oscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa a nuestro país- ya no sirviese para nada.

Vale que a quien tantos galardones ha cosechado y tantas marcas ha batido se le exija (mucho) más que a un nobel recién llegado. Vale que el exniño prodigio del cine español, ya desbancado de su trono, maneja unos tiempos que a la gran mayoría nos sorprenden -¿tan sólo seis largometrajes en casi veinte años de carrera?- . Vale que parece haber olvidado algo de la audacia y la osadía de sus primeros trabajos, y que la pasta perdida en la interesante pero fallida Ágora (2009) –que apenas recaudó la mitad de los setenta millones que costó hacerla- debieron hacer pupita, aunque no lo admita en público. Pero debemos medir las cosas como son: ni Amenábar era un genio precoz como muchos se apresuraron a aclamar al calor de los siete goyazos de Tesis (1996) ni es tan horroroso como otros tantos preconizan tras el visionado de su última y reciente película.

REGRESION fotograma
“Dame la manita, Hermione, que sé que sufres bucho”.

No voy a engañar ni al lector ni a mí mismo: la última (y bastante esperada) cinta del director de Abre los ojos (1997) dejará al espectador medio con un leve poso de indiferencia, consciente de que la historia que nos acaba de contar es interesante en su planteamiento, eficaz en su desarrollo y lógica en su desenlace. Pero algo no termina de encajar. Y es precisamente esa fría lógica la que nos desconcierta o incomoda: la trama no deja cabos sueltos, todo está perfectamente hilado, no hay fallas ni despistes por ese lado… pero es que el cine es algo más. Es pasión, es garra, es sorpresa, es ingenio. Es algo inerte (la pantalla), etéreo y volátil (la luz del proyector), ya ni siquiera es tangible desde que desaparecieron los soportes físicos, y sin embargo el cine es orgánico. Y eso es lo que lastra a Regresión: su excesiva frialdad, su metódica matemática a la hora de resolver los (pocos) enigmas planteados y su evidente previsibilidad que hace que el respetable vaya muchas veces por delante del detective protagonista (Ethan Hawke). Y eso por no hablar de que el guion se sostiene si el espectador da por válidos elementos tales como la hipnosis, la sugestión del subconsciente, etc. Es curioso: siendo como es Amenábar un alumno de Spielberg a la hora de manipular al espectador, esta es la película en la que menos nos manipula…

¿Es Regresión una mala película? No, es lógica. Y echando la vista atrás hacia otros títulos memorables del género, quizá aquellos fuesen más imperfectos, pero sin duda muchísimo más apasionantes. Es como decir que dos y dos son cuatro: no se puede decir que no esté bien resuelto, otra cosa es que tanto el problema como el resultado nos susciten algún interés extraordinario.

Recomendado para espectadores curiosos.

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